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«Me niego a que alguien de la opción política contraria sea mi enemigo», esto me decía este fin de semana uno de mis mejores amigos y compadre, al que conozco desde los 17 años. Esta frase denota sabiduría y asunción de los valores democráticos. El que no piensa como yo ni vota como yo, tiene una opinión tan respetable como la mía. Hay tener alma grande y cabeza buena para ser así. Vivimos tiempos de mundialismo, que como dice Antonio Colinas, está reñido con la universalidad. Corrientes uniformadoras del pensamiento que nos quieren hacer a todos pensar lo mismo. Que digo yo que será hasta bueno que un pastor nepalí no piense igual que un trader de Buenos Aires cuando el uno no sabe ni una papa sobre el trabajo del otro. La diferencia nos enriquece.

Los simios somos animales gregarios cuya genética está programada para sentirnos más cómodos en la homogeneidad del grupo que en la divergencia. Estemos todos tranquilos en el árbol bajo la mirada displicente del macho alfa; que nadie rete el estatu quo para no meterse en líos. Sociológicamente nos sentimos más cómodos en un grupo de opinión, con una afiliación política o en una tribu donde todos los miembros piensan de forma similar a la mía. Los bandos políticos, con la connivencia de medios de comunicación, mantienen un discurso incesante sobre lo que está bien y lo que está mal, sobre lo que podemos pensar y lo que resulta nocivo. Ya sea directamente o sibilinamente, los mensajes son machacones por lo que cualquier disidencia intelectual resulta heroica.

Sin embargo, un líder es ante todo un librepensador que sale a la contra. Los líderes crean corriente, no la siguen, son originales e incluso cuando copian mejoran lo ya conocido porque innovan. Retan lo establecido para crear caminos nuevos. Ante todo son librepensadores que repudian etiquetas porque son eso mismo: libres y pensadores. El líder que aspira a la sabiduría busca la verdad utilizando talento y discernimiento, algo que resulta arduo en esta sociedad nuestra del griterío urgente. La valentía se le presupone a los militares, pero también a los líderes que necesitan discurrir por sí mismos, con la autonomía que exige encontrar el camino propio.

La amenaza de los librepensadores
A los importantes que mandan los librepensadores les inquietan (sobre todo si los importantes son ineptos). El que piensa por su cuenta, sin dejarse influir por la masa, puede razonar que muchas verdades oficiales son sólo embustes. Esto es incómodo para el pinocho dirigente. El librepensador es todo lo contrario que el sectario porque se entusiasma con la verdad, para ello tiene la sana costumbre de cuestionar su propio saber y de admirar el ajeno. Hagamos una prueba: ¿cuándo fue la última vez que dijo usted «me has convencido»? ¿Cuántas veces en la vida se ha oído decir «tus argumentos me han hecho cambiar de opinión»? Realice el experimento de decirlo, aunque sea de mentirijillas, y verá cómo su interlocutor se queda patidifuso si lo hace. Cara de incrédulo de que alguien, alguna vez, se deje convencer por algo. A los sectarios sólo les interesa convencer de sus dogmas; el librepensador, también aprecia dejarse convencer con la verdad.

Los líderes librepensadores sobran en organizaciones que propagan falsedades alejada de la realidad. El liderazgo necesita un ámbito de libertad y de veracidad para florecer como una fuerza del bien. La virtud del líder está repujada con sinceridad, veracidad, esfuerzo e inteligencia que requiere condiciones mínimas para poder brillar. De un liderazgo librepensador surgirán ideas geniales como lo fueron la imprenta, el autogiro o el iPhone. Líderes que piensan en libertad son capaces de crear su propio mundo en el que florecerán todos los miembros de su equipo.

En mis cursos me preguntan a veces cómo ser líder en organizaciones difíciles. Yo siempre respondo: tratando de influir en la esfera de competencia de cada uno, protegiendo a tu equipo de lo que chorrea desde arriba. El mundo puede ser malo pero tu mundo lo construyes tú. Eso sí, lo mejor es irse y montar uno algo propio. Crear.

Sed valientes y pensad. La verdad os hará libres.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

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