Ganar, ser el mejor, superar a los demás, distinguirse, ser el primero, ser un ganador, vencer, destacar… son dichos que no están de moda. Vivimos en una sociedad confundida donde está feo brillar o hacer comparaciones entre los que sobresalen y los que no. Una sociedad que en el fondo es tan competitiva como la que más. Afortunadamente, gozamos de un clima de igualdad asumido por todos en el que sabemos que nadie debe estar por encima de nadie, ni sentirse superior ni tener más derechos. Pero ojo, no todo somos iguales en todo ya que en según qué ámbitos la excelencia y la mediocridad no tienen el mismo mérito. Un violinista virtuoso no tiene más valor que un indigente, pero en las artes musicales uno es un ganador y el otro no; uno es bueno y el otro malo; uno es mejor que el otro (en música). El violinista virtuoso eligió ser el mejor en lo suyo y lo consiguió. Su esfuerzo tuvo su recompensa y podrá disfrutar del fruto de su talento. Siempre digo que el primer paso para ser un líder es querer serlo, análogamente para triunfar en la vida hay que querer ser el mejor con mentalidad ganadora, con alegre afán de victoria. Claro que llegar arriba supone un esfuerzo cuádruple, pero sólo el trabajo bien hecho y constante nos acerca a nuestras metas. Imposible ser un ganador con inconstancia, dejadez o vagueza; imposible ser un emprendedor de éxito levantándose todos los días a las diez, salvo que el negocio sea de ocio nocturno.

El afán de victoria es algo valioso que convierte a las personas en especiales. En una ocasión, un señor me hizo reparar en la gran pureza de los atletas que se esfuerzan hasta la extenuación, día tras día, para ganar una competición cuya recompensa puede no ser proporcional al esfuerzo. En muchas ocasiones el resultado es una medalla, prestigio y grato recuerdo ¡eso, si gana! El atleta lo da todo por la satisfacción de ser el mejor o estar entre los mejores. Tenemos mucho que aprender de ellos.

Querer ser el mejor es una ventaja, algunos nacen con ella y tienen ese don, otros la cultivan acreciéndola con el tiempo. Yo cuando tenía diecisiete años no quería ganar nada ni ser líder de nada, yo sólo quería viajar. Hoy comprendo que mi competitividad es heredada de mis padres y también auto-inculcada, es decir, aprendida. Como parto de la base de que todo lo que yo haya comprendido de la vida puedo transmitirlo, escribo estos artículos. No digo que sea fácil, pero sí es apasionante.

Todos conocemos a personas de éxito. Propongo que las admiremos y  aprendamos de ellas, fijémonos en sus mejores hábitos para imitarlos. Admirar es una actitud mucho más sana y productiva que la crítica envidiosa, de la que no aprendemos nada. Llegar a la cima casi nunca es un camino de rosas. Ser bueno en lo tuyo es exigente, incluso agotador y por eso pone a prueba nuestra inteligencia y capacidad de resistencia. Yo a los triunfadores los divido en dos grupos: los que tienen un éxito sostenido y los que tienen éxito y lo malogran. Como decía el actor, Nick Nolte, lo duro no es alcanzar el éxito sino mantenerlo. En el grupo de los degradados, todos conocemos casos de concesionarios que dan un servicio óptimo y con el tiempo se colapsan; abogados que triunfan pero que con tanta demandan desatienden al cliente; bares excelentes que dejan de mimar la calidad de sus tapas. El aburrimiento tienen mucho que ver con los tres casos anteriores, la falta de organización, también.

Ser el mejor requiere una superior organización
Hace años, una compañera de trabajo empezó a hacer tartas con motivos artísticos y le empezó a ir muy bien. Tuvo éxito pero con el boca a boca los pedidos empezaron a acumularse y tuvo que trabajar en ellas cada vez más horas, además de mantener su trabajo como enfermera. Con el tiempo lo dejó porque satisfacer su demanda le habría requerido invertir en unos recursos que probablemente no le compensaran. En el ámbito de los negocios triunfar casi siempre conlleva crecer porque la demanda no atiende a limitaciones de capacidad. Toda organización puede absorber un aumento limitado de su carga de trabajo por encima del cual empieza a deteriorarse la calidad de su producto o servicio. El problema es que crecer requiere gastar y en eso he visto gente de éxito ser muy miedica y contentarse con la estructura existente. Tengo muchos amigos con negocios buenos en esa tesitura, no crecen más porque se sienten incómodos con el riesgo que supone contratar más gente o ampliar un local.

El afán de victoria confiere la valentía y confianza de que si un producto tiene éxito, una mejor organización hará que llegue a más personas que también lo podrá disfrutar. Por supuesto que aumentar la producción supone un riesgo, pero ya es más limitado porque el mercado ha validado la oferta. Yo tengo la suerte de dirigir una empresa que ha pasado de tener unos 200 empleados cuando asumí su dirección, a casi 2.000 hoy. Claro que es muy complejo, claro que se pasa miedo, claro que el mercado te puede castigar, pero siempre he estado convencido de que mi servicio es de gran calidad y mejor que la competencia. Respondo por mi equipo con fe ciega porque sé que se desenvolverá con maestría en todo aquello que emprendamos. Hemos pasado de un cuerpo directivo de seis a casi setenta compañeros y hemos multiplicado por diez la nómina. Nuestra organización se ha ido haciendo más diversa, compleja y por supuesto mucho más costosa pero el mayor número de clientes que confían en nosotros ha compensado con creces nuestra inversión. Organizarse bien no es garantía absoluta de nada, el mercado o los errores nos pueden dejar en la cuneta (emprender es un deporte de alto riesgo) pero si perdemos negocio difícilmente será por dar un servicio degradado. Todos erramos a menudo, pero en nuestro caso cada fallo es fuente de aprendizaje y cada éxito está sujeto a explotación.

A la sociedad en que vivimos le faltan emprendedores jóvenes con todo que ganar y nada que perder. Que los egresados ambiciosos se planteen un horizonte más allá de unas oposiciones. Por eso quiero inculcar el amor por la victoria, el afán de superación y la capacidad de sacrificio para ser un empresario de éxito. Quiero líderes que tomen en sus manos la responsabilidad de crear empleo porque tienen un producto ganador. Líderes que hagan de sus equipos entornos de felicidad y cariño que se transmitan al cliente en forma de productos de buena calidad.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

 

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Yo hoy vengo a hablar de las empresas petardas y de sus jefes dejados.

En esta sociedad nuestra donde el talibanismo de la igualdad difumina las líneas entre buenos y malos, llamamos «mediocres» a los ineptos de toda la vida. Sin querer hemos borrado del habla toda palabra relacionada con el éxito, con ser el mejor, con ganar, con la chulería de ser el primero. Incluso en el fútbol, los entrenadores declaran con toda cautela «es un rival difícil», «será un partido complicado». Ni se les ocurre decir: «salimos a ganar por cinco a cero» y yo creo que eso predispone a sus jugadores negativamente. El deporte es una parte de nuestra sociedad y refleja sus miedos, que no es otro que el miedo a perder pero sin saber cómo ganar. Para ser el número uno, lo primero es quererlo con cada poro de la piel. Por el contrario, en el guiso de la mediocridad, burbujean las personas que no se complican y que apenas han hecho algo meritorio en toda su carrera. Son los dejados, la mala hierba de los jardines del éxito.

Los que tenemos ojo clínico para la organización percibes la dejadez al instante de entrar en una empresa: déficit de limpieza, de amabilidad y de eficacia. Puede ser un restaurante, una gran ferretería o la redacción de un periódico. Las empresas petardas se exponen como en un escaparate: desconchones de pintura; montoneras de papel en las mesas; negritud que circunda los botones del ascensor; baños percudidos y muchas caras largas. Como la actitud imperante en la empresa petarda es la dejadez producen indiferencia el oficio y la imagen. El dejado puede ser un triste o un parlanchín, pero ignora actitudes clave para el éxito como el compromiso, la responsabilidad, el crecimiento o la calidad, que son necesarios para competir en esa gran carrera que es el mercado. A menudo me pregunto si las hordas de dueños dejados se sorprenden cuando sus empresas se hunden. Si ya es difícil mantenerse en el mercado esmerándote, cómo no vas a estrellarte con esa dejadez tuya y de tu gente, vida mía.

Recuerdo que en una ocasión un empleado nos dejó para montar su propia empresa de pintura y reformas. En mi afán de ayudarle, quise hacerle un encargo de cierta cuantía, pero nunca conseguí que viniera a ver la faena y por consiguiente ni siquiera me presupuestó. «Sí hombre, -debió de pensar- me salgo para que no me manden y ahora que soy mi propio jefe vienen de nuevo a controlarme». Excuso decir que duró poco como empresario.

Como tengo un don para ver la dejadez en el ser humano, cuando voy a oficinas y despachos públicos me pongo las botas. Como en botica, en esas largas hileras de mesas ves a ocupados, regulines y también muchos dejados. Gente que pasa olímpicamente del trabajo, del administrado y de todas las mulas que les han dado. Dudo mucho de que este tipo de gente sea feliz porque no valoran lo que tienen y no saben servir como no saben hacer nada. Generalizar no es de doctores y no caeré en esa torpeza, estoy convencido de que un torpe lo es en la pública y en la privada, como un ganador lo es en cualquier ámbito laboral. Lo que ocurre es que en el sector público la dejadez pasa más desapercibida, en la privada el que no produce tiene que salir o la empresa se hunde.

El líder nunca es dejado
El dejado no puede ser nunca un líder porque para mandar motivando y dirigir convenciendo hay que complicarse la vida, meterse en charcos y salir airoso de ellos.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

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«Me niego a que alguien de la opción política contraria sea mi enemigo», esto me decía este fin de semana uno de mis mejores amigos y compadre, al que conozco desde los 17 años. Esta frase denota sabiduría y asunción de los valores democráticos. El que no piensa como yo ni vota como yo, tiene una opinión tan respetable como la mía. Hay tener alma grande y cabeza buena para ser así. Vivimos tiempos de mundialismo, que como dice Antonio Colinas, está reñido con la universalidad. Corrientes uniformadoras del pensamiento que nos quieren hacer a todos pensar lo mismo. Que digo yo que será hasta bueno que un pastor nepalí no piense igual que un trader de Buenos Aires cuando el uno no sabe ni una papa sobre el trabajo del otro. La diferencia nos enriquece.

Los simios somos animales gregarios cuya genética está programada para sentirnos más cómodos en la homogeneidad del grupo que en la divergencia. Estemos todos tranquilos en el árbol bajo la mirada displicente del macho alfa; que nadie rete el estatu quo para no meterse en líos. Sociológicamente nos sentimos más cómodos en un grupo de opinión, con una afiliación política o en una tribu donde todos los miembros piensan de forma similar a la mía. Los bandos políticos, con la connivencia de medios de comunicación, mantienen un discurso incesante sobre lo que está bien y lo que está mal, sobre lo que podemos pensar y lo que resulta nocivo. Ya sea directamente o sibilinamente, los mensajes son machacones por lo que cualquier disidencia intelectual resulta heroica.

Sin embargo, un líder es ante todo un librepensador que sale a la contra. Los líderes crean corriente, no la siguen, son originales e incluso cuando copian mejoran lo ya conocido porque innovan. Retan lo establecido para crear caminos nuevos. Ante todo son librepensadores que repudian etiquetas porque son eso mismo: libres y pensadores. El líder que aspira a la sabiduría busca la verdad utilizando talento y discernimiento, algo que resulta arduo en esta sociedad nuestra del griterío urgente. La valentía se le presupone a los militares, pero también a los líderes que necesitan discurrir por sí mismos, con la autonomía que exige encontrar el camino propio.

La amenaza de los librepensadores
A los importantes que mandan los librepensadores les inquietan (sobre todo si los importantes son ineptos). El que piensa por su cuenta, sin dejarse influir por la masa, puede razonar que muchas verdades oficiales son sólo embustes. Esto es incómodo para el pinocho dirigente. El librepensador es todo lo contrario que el sectario porque se entusiasma con la verdad, para ello tiene la sana costumbre de cuestionar su propio saber y de admirar el ajeno. Hagamos una prueba: ¿cuándo fue la última vez que dijo usted «me has convencido»? ¿Cuántas veces en la vida se ha oído decir «tus argumentos me han hecho cambiar de opinión»? Realice el experimento de decirlo, aunque sea de mentirijillas, y verá cómo su interlocutor se queda patidifuso si lo hace. Cara de incrédulo de que alguien, alguna vez, se deje convencer por algo. A los sectarios sólo les interesa convencer de sus dogmas; el librepensador, también aprecia dejarse convencer con la verdad.

Los líderes librepensadores sobran en organizaciones que propagan falsedades alejada de la realidad. El liderazgo necesita un ámbito de libertad y de veracidad para florecer como una fuerza del bien. La virtud del líder está repujada con sinceridad, veracidad, esfuerzo e inteligencia que requiere condiciones mínimas para poder brillar. De un liderazgo librepensador surgirán ideas geniales como lo fueron la imprenta, el autogiro o el iPhone. Líderes que piensan en libertad son capaces de crear su propio mundo en el que florecerán todos los miembros de su equipo.

En mis cursos me preguntan a veces cómo ser líder en organizaciones difíciles. Yo siempre respondo: tratando de influir en la esfera de competencia de cada uno, protegiendo a tu equipo de lo que chorrea desde arriba. El mundo puede ser malo pero tu mundo lo construyes tú. Eso sí, lo mejor es irse y montar uno algo propio. Crear.

Sed valientes y pensad. La verdad os hará libres.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

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Una carrera en gestión se forja con triunfos y fracasos. Vivimos hoy tiempos difíciles en los que personas y organizaciones luchan por sobrevivir. Como una familia en apuros elimina los gastos no esenciales, una empresa que haga lo propio tendrá que prescindir gastos varios y, ¡ay!, también de personal. Tienes que decir adiós a miembros de tu equipo con los que un día antes has luchado, has reído y has llorado. A algunos los consideras tus amigos. Terrible.

Crecer y contratar es excitante: un nuevo proyecto, una nueva sede, gente ilusionada que empieza. Mentalmente estamos preparados para ello; pero cuando el acordeón tiene que desinflarse y hacerse más pequeño se siente tristeza. La lógica es sencilla, menos gastos equivale a mejorar salud financiera de la entidad, pero sus consecuencias equivalen a tomar decisiones que empeoran las vidas de los que salen. De repente se verán truncadas sus vidas y todas las técnicas de ese liderazgo ganador que nos gusta enseñar quedan a la intemperie. El problema del desempleo es endémico en España y en tiempos de crisis empeora. Cuando se reduce plantilla sabes que la recolocación no será fácil, que habrá una familia sufriendo. No sé si otros jefes toman decisiones sin despeinarse porque a mí me afecta mucho. Mi consuelo único es la íntima convicción de estar haciendo lo correcto, pienso que si no se despide a estos compañeros a lo peor nos tendríamos que ir todos a casa.

Organizaciones en las crisis
Con las crisis no se juega. Cualquier organización, ¡incluso gobiernos! pueden sucumbir a ella, por eso se requiere llevar la iniciativa para evitar que los acontecimientos nos arrollen. Lo que ocurre es cada uno contempla su existencia desde un prisma individual y, claro, el afectado no lo entiende: «¿por qué yo y no el ése?». Sin embargo, los criterios deben ser objetivos. En mi caso, el principal criterio de actuación suele ser la antigüedad. Los últimos que entraron son los primeros en salir, aunque a veces se debe combinar con otros criterios como la redundancia (disponer de alguien más para ese puesto) o la idoneidad.

Tampoco resulta sencillo comunicar la decisión. No hay una manera dulce de decir adiós a un compañero que puede que no lo entienda. En ocasiones hay que cerrar un centro entero, por la finalización de un contrato, pero en otras hay que tocar la estructura y ahí las opiniones son más encontradas. Siempre me pongo a disposición de los afectados, aunque no sea yo quien les comunique la decisión. Al final, alguien tiene que tomar la decisión y hacerse responsable por ella, aunque no sea infalible.

Personalmente, rezo para que mis decisiones sean iluminadas, aunque duelan.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

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¿Nos hemos levantado con espíritu científico? Hagamos un experimento de observación para conocer mejor nuestra realidad. Os pido, queridos pupilos, que compréis todos una bata blanca y una urna en la que vamos a recrear un ecosistema político en miniatura y para ello introduciremos mini-políticos que nos permitirán observar su comportamiento sin que nadie nos moleste. La hipótesis que defenderemos es que esos politiquitos harán siempre lo opuesto de lo que aquí enseñamos. Harán anti-liderazgo, ya veréis.

Veamos: si nos detenemos a ver a los mini-políticos de nuestra urna, descubrimos que todos se agrupan en torno a un «líder» de su respectivas tribus, cuidado, no os confundáis porque aunque lo llaman así, no es el líder al que nosotros aspiramos a convertirnos. Lo primero que descubrimos en nuestros experimento es que en el ecosistema político lo más importante es que todas las acciones de ese supuesto líder consisten en subir yo, llegar yo a lo más alto. Como la gestión es un proceso que cuesta aprender, entre los especímenes de subir yo abundan los que no saben gestionar ni un café con leche (no digamos un equipo). Anotemos en el cuaderno que para subir yo, se considera imprescindible que no subas tú. Acercamos una lupa y seguimos los movimientos de los pululantes más gordos y, efectivamente, ante cualquier problema la culpa siempre la tiene un  no subas tú. Hace poco le oí a un veterano ex-político el modo en el que se hace la defensa del anti-líder: «Hay que meterle gente y más gente por medio para que la culpa no llegue nunca al de arriba». Descubrimos pues, queridos pupilos, que la deslealtad con tu equipo forma parte de la estructura misma de la política. Los ejércitos de no subas tú, sólo sirven para encastillar a los subir yo y en esta guerra del egoísmo, morirán tantos soldados como requiera la seguridad del generalote. Fascinante.

Como estamos cansados, vamos a por un vaso de agua y mientras abrimos el grifo caemos en la cuenta de que no habíamos reparado en otro rasgo que ahora sí nos llaman la atención. Los subir yo están siempre obsesionados por atribuirse todos los méritos. Ser siempre responsable de todo lo bueno y no ser nunca culpable de nada malo les hace creer infalibles. Realmente, como muchos subir yo no saben coordinar ni una taza de café, son sus ejércitos de no subas tú los que tienen las ideas y las ejecutan por el bien común, pero a ellos no les llegará reconocimiento por la succión sin complejos del subir yo de turno. La succión del éxito, combinada con la ausencia de toda mácula, les hace ufanarse de la admiración de la que son acreedores. Aún así no las tienen todas consigo porque en la esquina de la urna preguntar suelen a sus asesores: «¿Qué tal he estado?». Son narcisos que, al no gestionar ni tienen buenas ideas, están todo el rato pensando en su imagen y en su proyección personal. Su profesión es aparentar virtud por lo que su mundo consiste en decir, más que en hacer. Y dirán lo que sea menester para «subir yo».

Esto nos lleva al tercer gran rasgo visible en los politiquitos que merodean por nuestra urna: los subir yo son mentirosos. Como ni gestionan ni tienen buenas ideas, el primer embuste es que realmente son ellos los dignos de aclamación. Incluso cuando meten la pata solitos, le endosarán la culpa a uno de sus no subas tú, lo que además de ser una mentira cochina es de ser un cobarde y un desleal. La mentira es la primera forma de corrupción humana pero no les importa, no se han parado a pensar tanto. La mentira es la primogénita del egoísmo y consiste en crear una verdad ficticia en beneficio propio y detrimento del prójimo. También son hábiles fabricando patrañas que provocan que todos los españoles estemos siempre peleados. Porque aunque los veamos en una urna, en plena naturaleza hay más de 100.000 políticos, el 0,25% de la población, muchos de los cuales se dedica a enfrentar y a dividir al otro 99,75% de personas normales. Algunos dicen que la cifra es medio millón. Casi todos los males del mundo provienen del egoísmo y comprobamos como impera en nuestra urna: nuestros politiquillos de laboratorio forman un ecosistema de egoísmo organizado, un sistema inteligente de egoísmo. Egoísmo, mentira, cizaña, cobardía, deslealtad, narcisismo, jolines con el ecosistema de nuestra urna. ¿Qué tipo de bicharraco hay que ser para triunfar en este ecosistema? Me respondió indirectamente un cargo intermedio hace algún tiempo: «Más vale que te llamen hijoputa a que te digan que eres buena gente». No podemos generalizar, sería injusto porque hay muchos dirigentes de bien, pero mi argumento es que aunque las personas sean buenas y comprometidas el ecosistema político hiede.

Pero ay, queridos. Si pensamos que la urna es una metáfora de nuestros televisores, entonces descubrimos con horror que este tipo de seres humanos no sólo abunda sino que prolifera. ¡Son reales! Los subir yo y los no subas tú andan siempre a la gresca, tratando de despedazarse y al contrario que en un experimento es imposible contenerlos en un laboratorio. Nos vemos indefensos ante tanto déspota creído que se cree por encima de todos nosotros. El único consuelo es que se creen su propia propaganda pero en realidad es evidente cómo son. No engañan a nadie.

Reyes desnudos
Cuando veo en plena actuación a uno de estos políticos profesionales, que no la han doblado en su vida, sea del partido que sea, siempre me viene a la cabeza el Cuento del rey desnudo, ese bobo al que convencieron de que sólo los más excelsos podían ver una tela exquisita y los bordados imaginarios que le vendió un sastre oportunista. En el cuento todos los súbditos fingían admirar el traje del rey y sólo un niño se atrevió a gritar con inocencia: «¡Va desnudo!». Hoy no habría niños suficientes para gritarles a todos los reyes desnudos del siglo XXI que se pavonean por nuestras teles.

Pues bien señores, nosotros todo lo contrario. Donde reine el egoísmo, la mentira, la cizaña, la cobardía, la deslealtad y el narcisismo, pongamos nosotros generosidad, verdad, concordia, lealtad y humildad. Donde ellos estén obsesionados por la imagen, nosotros nos obsesionamos por el resultado y por el bien común. Para un líder su equipo es lo primero y por eso no está instalado en subir yo, sino subimos todos, porque el bien de todos es el bien de la organización y de la sociedad a la que sirve. Realmente un líder asume los errores de su equipo y les transfiere el mérito por cada logro, justo al contrario de los mini-políticos que siguen pululando por nuestra urna. El líder es virtuoso: dice la verdad, es humilde y es generoso. Sabe que en un entorno de confraternidad y amabilidad todo el mundo es más feliz (realmente se llama amor). Ante los anti-líderes, reivindico a los líderes. Ante la mentira, digamos la verdad. Ante el narcisismo, la humildad. Ante el decir, concentrémonos en el hacer.

Vamos, líderes, la sociedad os necesita.

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

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Abajo los siesos y arriba los sonrientes. Me gusta la gente encantadora, personas que cuando se acercan te iluminan el día. Están sonrientes y se las ve despreocupadas porque no se toman la vida demasiado en serio. Hablen mucho o hablen poco, a los encantadores no se les cae la sonrisa y están atentos a lo que tú dices, haciéndote sentir inteligente. No escatiman la carcajada oportuna cuando dices algo gracioso, con lo que te sientes hasta ocurrente. Yo creo que a los encantadores les gusta mucho vivir. Al contrario que el sieso educado, el encantador educado ya es de vuelta al ruedo porque además de entrañable es considerado y gentil. Me pregunto: si a todos nos gustan las personas encantadoras, ¿por qué no aprendemos nosotros a serlo? Si hay deportistas que invierten horas de esfuerzo en subir cimas o pedalear por los desiertos, ¿qué mejor reto que esforzarse en ser encantador? Tenemos que conseguirlo.

Para ser encantadores, antes hay que atisbar cuáles son los rasgos de los plusmarquistas del encanto personal. El encantador químicamente puro casi siempre sonríe.  “La vida ríe al que sonríe”, decía mi difunto amigo D. José Luis de Alcaraz Ruiz. Eso es, afrontemos cada día con las comisuras de los labios apuntando hacia arriba, como muro ante los sinsabores. No dejes que el sieso importante te marque el son porque la existencia no son sólo los problemas que te caen. Valemos mucho para que nos borren la sonrisa. Otro rasgo distintivo del encantador es la consideración, es lo que sublima al educado y lo convierte en gentil. Ser considerado es preocuparte del que te habla, agradeciendo de corazón las mercedes que haya tenido contigo. Es pensar antes en los demás que, en uno mismo, es agradar antes que querer ser agradado y admirar sin querer ser admirado. Para el considerado, lo importante en una relación es siempre el otro, nunca uno mismo. Al agrado de la sonrisa y la gentileza, sumemos que el encantador es sociable, sin ser pesado. Como le gustan las personas, se interesa por ellas y conversa. El encantador escucha mucho más que habla y evita el pecado del egocéntrico: interrumpirte a cada frase con sus propias anécdotas. La persona encantadora evita imponerte sus aburridas historias, interrumpiendo las tuyas. El encantador te escucha y se interesa en qué te puede ayudar. El encantador apenas usa “pues yo” o “pues a mí”.

La gentileza es educación considerada. Si una persona sonríe, es gentil y sociable, se desvela al encantador al que todos podemos aspirar. Ignoro si el adusto puede convertirse en encantador, pero por lo menos será más agradable con su prójimo. Ya no se oye mucho lo de ser educado como virtud. En mi infancia, era mucho aprender normas de urbanidad que ser un ordinario. Imagino que hoy a los educados se nos considera sospechosos, hay tantos cafres pululando por la vida pública. No nos puede dar igual un personaje encantador que un grosero gritón, por más que uno sea anónimo y el otro ande por las pantallas de televisión. Las personas, como las marcas, también tienen diferentes calidades. Cómo va a ser lo mismo trabajar para un jefe gentil que con uno gritón, cómo van a tener la misma calidad tu tía encantadora que un famoso silente y engreído. Yo quiero una sociedad más humana y por lo tanto menos bestial. Convencer a los siesos de que además de ejercitarse una hora en el gimnasio, dediquen otra horita al ejercicio de ser encantadores. Tener la misma ilusión por alcanzar la cima de nuestro mejor yo, que por poner la bandera sobre un ochomil. Tanta gente obsesionada por mejorar su cuerpo y tan poca obsesionada por mejorar como personas. La sonrisa, el agrado, la consideración, la educación, la cortesía, escuchar: qué mejor tabla de gimnasia interior para mejorar nuestro mundo. No me vale que seamos amables sólo con el buen cliente o con el poderoso, sino con todos los que nos cruzamos a diario, humildes o encumbrados. Vamos a usar esa frase considerada con el panadero, la dentista y también con el vecino. Vamos a quererlos, haciendo nuestros sus problemillas cotidianos. A los que sean tímidos les costará más, pero hemos de intentarlo. Seamos encantadores y dará gusto vivir en las ciudades, en los pueblos y en los campos. Nos importarán las personas y no sus dineros, veremos lo bueno en ellas más allá de su cargo.

Los tontos importantes en vez de indignación nos provocarán pena.
Ser encantador, ser buena gente, es algo que tendría que enseñarse en primaria: “Chicos, abrid el libro de la asignatura Ser Buena Persona. Vamos a la página tres, con el primer tema: Pedir las cosas por favor con una sonrisa”. Pues si le enseñan a mi hija de dieciséis años textos de filosofía que no hay quién los entienda, también le pueden explicar que su sonrisa vale su peso en oro (y seguro que lo entiende mejor). Queremos una sociedad mejor, pero sin cambiar nosotros. De eso nada, vamos a mirarnos un poquito por dentro y a entender cómo nos perciben los demás. Hay muchos ciegos de los defectos propios que asumen que gozan de una imagen y un prestigio inexistentes a ojos de los mortales. Si miramos en nuestro interior puede que hasta descubramos que somos unos déspotas maleducados. Reparar en las actitudes negativas que infligimos sobre los demás es el primer paso para querer cambiarlas. Cómo vas a cambiar nada si no sabes ni cuáles son tus peores defectos, esos que ignoras porque nadie te los dice. Siesos, engreídos, importantes y maleducados hacen que nuestra sociedad sea despiadada, desagradable, una carrera de ratas. Nosotros nos vamos a rebelar, y los que queramos formar el clan de los conjurados por la amabilidad debemos reconocernos en secreto. Nuestra utopía es llegar a ser encantadores de manual. Propongo que nos toquemos el lóbulo de la oreja izquierda cuando estemos en una reunión con un cafre; así nos reconoceremos entre nosotros. Los irreductibles del encanto personal creceremos como la espuma, claro que sí. Luego a la salida, nos vamos de cañas y nos partimos de risa por esos aires que se da la gente.

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

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Llamo a la rebelión. Sumaos. Dad un paso al frente, virtual naturalmente, todos aquellos que os oponéis a que nuestra sociedad sea el feudo del egoísmo y la altanería. Los que sentís más agrado cuando dais que cuando recibís. Arriba quiero barreras inconformistas contra el egoísmo, rapaz del bien. Ya tenemos a muchos adelantados de nuestra causa: admirad a tantos que desprecian su salud en la cura del contagiado. Sin contar las horas, sin secarse el sudor, son motrices en hospitales, ambulancias, camiones, supermercados, farmacias, huertas y fábricas. Gente que no está mirando el reloj, ni calculando las horas extras que les debe el jefe. Son los plusmarquistas de la generosidad de estos días, nuestro ejemplo en el frente. Os quiero a todos formados, firmes y en primer tiempo de salud para abrazar a esa palabra que llamamos generosidad pero que es el amor que se puede tocar. Y si no se puede tocar se puede sentir. Os quiero a todos cantando los méritos de esos españoles que están hoy en la gran barricada para que no pase el bicho. Y más que desde los balcones (prohibido hacer el tonto) quiero rebelión en los corazones para que amen a tope.

En estos días vamos a dar sin recibir; a elogiar sin resquemor; a agradecer desde lo hondo. Vamos a ser dadivosos siquiera de pensamiento porque encerrados acaso no podemos serlo de obra. A los egoístas, a los altaneros, a los importantes, los vamos a mirar por encima del hombro, como a pobres niños pequeños que se pelean por el balón en el recreo. Pobres reyezuelos desnudos sin grandeza en el alma. Cuanto mayor sea el amor mayor será el caudal de la generosidad y más grandes nos haremos. Vamos a superar juntos esa postura ya tan antigua de que uno ser infinitamente amorosos con los nuestros y rudos de puertas para afuera. Son tiempos oscuros, pero en ellos luce el magma amable de los generosos, que se desborda incontenible ladera abajo, no lo puede parar nadie. La sociedad está dando mil ejemplos de entrega. La abnegación pura ya es visible desde las ventanas. La generosidad se desparrama caliente por cada calle y cada sala. Dios se admira de esta explosión primaveral del bien en tiempos negros. Nos crecemos y vemos lo mejor de nuestra tribu sonriente ante el dolor. Camaradas generosos, vamos juntos a la trinchera contra el enemigo total: el egoísmo, fuente de todo mal. Vamos a abrazar a nuestros admirados compatriotas que llevan un mes y medio sin mirar el reloj. Prohibido olvidarnos de nuestras personas más mayores, especialmente de esas madres que son ya abuelas y que nos llaman para estar en nuestras vidas. Quieren enterarse de nuestros enredos y ser protagonista. Repetid conmigo: “a mamá hay que cogerle siempre el móvil”. Arriba la revolución del amor, de la generosidad, de dar y de compartir. Sentiréis el poder caliente de la bondad, surtirá vuestras venas la grandeza y el efecto vivificante de beneficiar al desconocido. Y al leerme no os miréis tanto el bolsillo porque el primer dogma de mi revolución sale gratis: sonreír más, mucho más. Que vamos todos por el mundo demasiado serios. El segundo dogma también sale gratis: seamos amables, mucho más amables. Que la rebelión generosa se transforme en revolución de los amables. Somos cuarenta y ocho millones de revolucionarios potenciales. Si cada uno sonríe sólo dos veces al día y dice sólo dos frases amables a quien nos cruzamos, ¿os imagináis? Son 192 millones de gestos amables al día, 70.000 millones de gestos amables al año. ¡Con dos sonrisas y dos frases consideradas cambiamos el mundo! Con encanto y simpatía vamos a acorralar a los siesos importantes.

Puede que nos llamen tontos o inocentes, pero comprobaréis que donde impera la consideración al ajeno aumenta la dignidad de cada uno. Cuando nos sentimos queridos podemos con todo. En una España tan rápida, confusa y despiadada tenemos que equiparnos con actitudes virtuosas. Amemos con la blancura de los niños. Con tanto cafre suelto a veces nos sentimos solos o incomprendidos. Pero somos muchos los buenos que tenemos que juntar nuestras manos y dar la cara al viento. Cantemos cómo a las personas nos enaltece ser generosos de palabra y de obra. A quién le disgusta que le respeten, que le valoren, que le consideren. Entonces ¿por qué hay tantos desencantados, escépticos y despreciados? Si somos nosotros mismos los que tenemos la facilidad para tenderles la mano sincera, hagámoslo. Elevemos a los que están en nuestro entorno. Presiento que la generosidad, la fruta más dulce del amor, va a hacer que nuestras ciudades sean más benévolas y atractivas. Nuestro país avanzará sin grandes inversiones en investigación y desarrollo, siendo mejores personas seremos más felices. Vamos, súmate a la revolución.

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

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