Los niños pequeños nos agradan por su inocencia. Los consideramos seres puros y sin maldad. Aunque cometan travesuras o sean egoistillas, sus mirada dulces y su cara llenas de churretes nos hace recobrar la fe en el ser humano. Corren tiempos en los que la sociedad huye de sí misma. Existe una tensión soterrada que no son capaces de resolver nuestros próceres, ni los medios de comunicación, ni las redes sociales. Yo creo que es porque la vida se ha puesto muy difícil y nos hace sentir un gran naufragio colectivo. Necesitamos volver a la esencia de lo infantil para ver lo que nos rodea con ojos de niño.

Sin considerarnos santos, es posible actuar con nobleza y pureza de intenciones. Quizá sea la fórmula más revolucionaria de enfrentarnos a una sociedad con tanto ególatra importante y tanto oportunista. Si queremos lo mejor para nuestra familia, para nuestro equipo y para nuestra organización;  si trabajamos honradamente por ello, estamos demostrando esa pureza de intenciones tan necesaria para el bien común. Al margen de las debilidades que todos tenemos, actuar por los demás es justo lo que se necesitamos en esta época turbulenta que a veces parece una carrera de ratas hacia no se sabe dónde.

La grave pandemia que padecemos ha tenido también aspectos luminosos. Uno de ellos es que nos hace reflexionar sobre lo esencial, lo importante en nuestras existencias. Hemos descubierto que se puede vivir perfectamente sin grandes cenas, sin grandes fiestas populares, sin excesos. Hemos recuperado la preocupación por nuestros mayores, con los que hemos sido pacientes. Hemos sido respetuosos con los que tenían miedo y vigilantes con los demasiado osados.

Los líderes vivimos también un periodo en el que conviene retornar a la esencia de lo importante, al oficio, a la protección del equipo, a consolar a aquellos que peor lo pasan o a los miembros que han perdido a algún ser querido. Nada gustará más a nuestra gente que vernos actuar con esa pureza en la que buscamos con honestidad la mejora de nuestro proyecto colectivo, incluso si hay que tomar decisiones difíciles.

Actuar con pureza de intenciones es demostrar rectitud, honor, valentía y decisión. Eso es lo que hace un gran líder, salir a la contra con actitudes sorprendentes que van en contra de la corriente de la gente mediocre.

Sed valientes, sed puros.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

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El liderazgo clásico tiene un corte autoritario, caudillista. Si pensamos en los grandes personajes de la historia, fueran generales o heroínas populares, nos viene a la mente figuras de personalidad arrolladora a las que la masa seguía ciegamente. Entrando en el siglo XXI, ya no quedan héroes y las figuras públicas suelen estar desprestigiadas a pesar de sus manoteos por parecer importantes. Los únicos referentes juveniles suelen ser deportistas, cantantes o youtubers y cuando les hablamos de valores a nuestros hijos les producimos un aburrimiento lacerante.

Percibo también un gran cansancio sociológico por nuestro modelo de convivencia: la mayor parte de nosotros vive esclavizado por un sueldo más o menos modesto, el hombre del siglo XXI está cargado de obligaciones y ataduras con las que tiene que pechar para ser bueno: el curro, la familia, la hipoteca, mis padres, los préstamos, adelantar las vacaciones, la letra del coche, los impuestos, las extraescolares. Es mucha presión y así no es de extrañar que lleguemos al fin de semana con afán de huida. Nos escapamos al bosque, a la playa, al monte, salimos a divertirnos, a tomar algo a evadirnos. Nos deleitamos recorriendo caminos urgentes en las pocas horas de vida plena que nos concede cada semana, antes de volver a la máquina de triturar carne. La pandemia además, nos ha robado ese oxígeno imprescindible de disponer de ratos de ocio con nuestro círculo.

Muchos de nosotros nos sentimos atrapados y lo que menos necesitamos, además, es un jefe que convierta el trabajo en un sitio más oscuro. Al contrario, necesitamos líderes luminosos que sepan convencernos de todo lo bueno que nos rodea, porque nos hace falta escucharlo. Pensemos que sólo unos pocos privilegiados tienen una vida laboral exenta de rutina, casi todos los demás hacemos cosas muy parecidas un día sí y otro también.

El líder moderno tiene que tener visión y ternura, construir un mundo laboral más dulce en todo lo que pueda. Las arengas épicas difícilmente funcionarán con personas que ganan 1.500 euros al mes (ya que el mercado no me deja pagarles 2.500€). Tacto, amabilidad, mano izquierda, empatía: esas son las armas de los líderes y las lideresas del siglo XXI. Con exigencia y oficio, claro, pero que al menos el entorno laboral sea amigable, comprensivo e invite a dar lo mejor de nosotros mismos. Nuestra pequeña sociedad, la de nuestra organización, sí puede ser más humana y digna que la sociedad global a la que pertenecemos, a veces tan desquiciada.

Amabilidad de serie
Siempre he dicho que en las escuelas de negocio no se enseña a ser amable. Error. La sociabilidad positiva es la que nos permite realmente alcanzar un potencial desconocido con nuestro equipo. Si todos nos queremos, llegamos más lejos juntos. Amabilidad también con los fallos y las debilidades humanas porque no somos mecanismos de acero y cuarzo, somos personas que se aburren, que ansían y que lloran. Los equipos son grandes cuando saben superar juntos los fallos de cada individuo.

Cuando pienso en la ternura se me viene a la mente la imagen de un bebé precioso o un niño que abraza a su abuelo. Tengamos esa misma ternura con nuestro equipo, que la vida se ha puesto muy difícil de vivir.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

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He pensado en el título de este artículo porque es lunes, un día en el que tenemos toda la semana por delante. Es una jornada que a muchas personas le disgusta porque vienen de disfrutar durante el finde y se tienen que enfrentar a una rutina que no les agrada tanto como descansar. Sin embargo, el liderazgo tiene un punto de renacimiento semanal, el lunes es el día para impulsar al equipo durante los siguientes cinco días laborables (o más). Llevo años manteniendo «la reunión de los lunes», que en nuestra jerga llamamos prima mattina. Es un momento breve con mi equipo más directo, no más de media hora, para estar al tanto del panorama semanal qué nos podemos encontrar.

En mis cursos de liderazgo, siempre he enseñado que es imprescindible sentarse, siquiera veinte minutos todos los lunes para programar la semana. También explico que ir a tomar café no vale, porque en la barra de un bar no se revisan asuntos sistemáticamente. Qué mejor manera de renacer cada semana que con una reunión de equipo para prepararla y acometerla con inteligencia. En mi experiencia, las personas con mucho empuje se suelen olvidar del equipo y tiran ellas directamente de todos sus subordinados y de todos los proyectos. A un líder auténtico. lo que le interesa es el rendimiento global de su equipo, enseñar a la organización a ser eficiente y exitosa por sí misma.

El lunes es el día clave de las personas productivas y debemos demostrar fortaleza y empuje porque nuestro equipo lo necesita. Tiene mucho de nuevo comienzo, de renovación, de florecimiento. Como los actores, difícilmente nos podemos permitir estar tristes, nos esforzaremos por estar alegres y dinámicos a pesar de que tengamos un mal día. El lunes es un día que me encanta porque es el día de los líderes.

¡Feliz lunes!

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

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Un grupo de investigadores de la Kellogg Foundation, dirigidos por la la profesora doctora Joanne Ciulla, publicaron en 1998 un volumen titulado «Ética, el corazón del liderazgo» (Ethics, the heart of leadership, Ciulla, J. 1998). Una sucesión de escándalos corporativos en Estados Unidos despertó un interés creciente sobre liderazgo ético, que es hoy ya una corriente. Se establece un enlace entre el éxito de un individuo y su integridad. A pesar de todo el ruido mediático que vive hoy cualquiera de nosotros, la sociedad es sabia y sabe distinguir a los buenos dirigentes. Ser un sinvergüenza es incompatible con ser un líder, salvo que se trate de una partida de bandoleros. Con tantos ejemplos ramplones de corrupción, hoy la integridad es una condición admirada en las personas que queremos que nos manden. Cuanta mayor es la responsabilidad, mayores son los presupuestos y mayor la tentación de corrupción, por eso es admirable que las grandes cifras las manejen personas virtuosas.

El líder debe concitar el respeto y su admiración de su equipo y un comportamiento ejemplar es la única manera de lograrlo. Nadie puede autoproclamarse como líder, a lo sumo tendrá un cargo rimbombante. Es el equipo el que le hace líder porque lo considera como algo suyo, porque existe una conexión emocional. En algún sitio leí que los sobornos son malos porque nadie presume de ellos, al contrario, se ocultan. Si la mentira es la primera forma de corrupción, la inmoralidad, las malas artes o el aceptar prebendas y dineros son actitudes de una persona que, sobre todo, no es de fiar. Un equipo nunca tendrá respeto ni seguirá a alguien así, por muy jefe que sea.

La sociedad necesita personas de calidad
Decir la verdad, ser ecuánime y no prestar atención a tentaciones económicas indebidas es un camino que puede ser arduo, pero a la larga denotan calidad humana en un momento en el que la sociedad necesita la calidad más que nunca. El líder íntegro no está solo, la inmensa mayoría de las personas lo son. Rindamos tributo a esos millones de héroes y heroínas anónimos que llevan una vida ejemplar, sin que nadie les ponga una medalla. Esos padres y madres de familia que se esfuerzan y que encuentran la felicidad de las pequeñas cosas y que no anhelan la riqueza por encima de todo.

El honor, una palabra en desuso, es el patrimonio del ciudadano íntegro. Hay que tomar conciencia de él, se es honorable cuando nuestras acciones hacen que nuestros hijos vayan por el mundo con la barbilla alta. Somos corruptos si nuestras acciones les harían avergonzarse. Siempre le digo a los míos que «el camino recto es siempre cuesta arriba» pero hemos de educarnos en ser personas de bien, líderes del bien común, para que nuestro equipo nos siga, nos respete y nos quiera. El liderazgo ético es el único posible.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

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Todos conocemos alguien que montó un negocio que fue una pifia total. En estos casos, es difícil discernir qué proyectos se hundieron porque estaban abocados al fracaso o eran buenas ideas a las que les faltó su tiempo, se adelantaron a los ritmos de la sociedad o les faltó unos pocos meses cruciales para florecer. Al final se agotó el dinero o la paciencia del dueño y las puertas se cerraron. En un almuerzo hace ya años, Salvador Moreno, dueño de la compañía Swiftair, me comentaba algo que recuerdo con nitidez: «Los grandes empresarios convierten los malos negocios en buenos: luchan, pelean y siguen hasta que ganan dinero cuando nadie lo consigue». Estaba convencido de que el genio del líder es capaz de vencer obstáculos ante los que la mayoría se rinden.

La iniciativa, la capacidad de emprender, diferencia a los líderes de las personas corrientes. Quizá porque empezar es lo más difícil, sobre todo desde cero. Al liderazgo lo define la acción porque le da su razón de ser. Imposible ser líder si no existe movimiento, imposible ser líder sin un objetivo, imposible ser líder sin un equipo para cumplirlo. Emprender tiene muy buena prensa, el emprendedor es alguien que se atreve a intentarlo y eso es digno de admiración. Emprender es hacer un sueño realidad porque se produce una traslación literal entre algo imaginado y una realidad construida. Así, el proceso creativo se repite tres veces: lo imaginado, lo creado y su resultado final.

Pronto descubrirá el emprendedor que empezar es sólo el primer paso porque el mercado es duro, implacable -por eso la empresa es tan buena escuela de vida-  y que tiene que trabajar todas las horas del mundo para imponerse a él. La sociedad necesita emprendedores, claro, pero emprendedores que sean líderes resistentes y persistentes. Cualquier proyecto va a verse pronto combatido por efectos ambientales y sociales adversos. La realidad tiene una lógica mucho menos lírica que el mundo de las ideas imaginarias o de las fantasías agradables. Cuesta un segundo imaginarse como empresario de éxito, pero cuesta una vida entera conseguirlo y la mayoría no lo logran. Cualquier hecho meritorio requiere esfuerzo y liderar un proyecto de éxito, también.

El líder perseverante
La perseverancia ante las dificultades propias de cualquier proyecto es lo que diferencia al líder de un soñador inconstante. He conocido a muchas personas que han empezado un negocio pensando que consistía básicamente crear un logo chulo, lanzar una página web y empezar a ganar dinero. También existen empresarios que tienen éxito inicial y no saben cómo gestionarlo, lo malogran o incluso se agobian con la responsabilidad abrumadora que supone atender a un número creciente de clientes. El liderazgo perseverante se traduce en resistir, sobre todo, la tentación de abandonar cuando la situación se pone fea o cuando la presión aumenta. Resistir supone cultivar la propia fortaleza para vencer la adversidad, como hacen los corredores de maratón que cuando su cuerpo les dice: «para», ellos siguen. Hay que vencer la tendencia natural que nos explica que cuando estamos fatigados debemos descansar. En momentos así, el líder se rearma y persiste en alcanzar su objetivo. Muchas historias empresariales son fascinantes, cuando se repasa la biografía de líderes empresariales de éxito se descubre que crearon sus emporios porque además de ser visionarios jamás se rindieron. Ser visionario es fácil, no rendirse, es muy difícil.

La mayor fuerza de la naturaleza, la de voluntad, es la que marca la diferencia entre los que se conforman con soñar y los que se atreven a hacer realidad sus sueños.

 

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

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Ganar, ser el mejor, superar a los demás, distinguirse, ser el primero, ser un ganador, vencer, destacar… son dichos que no están de moda. Vivimos en una sociedad confundida donde está feo brillar o hacer comparaciones entre los que sobresalen y los que no. Una sociedad que en el fondo es tan competitiva como la que más. Afortunadamente, gozamos de un clima de igualdad asumido por todos en el que sabemos que nadie debe estar por encima de nadie, ni sentirse superior ni tener más derechos. Pero ojo, no todo somos iguales en todo ya que en según qué ámbitos la excelencia y la mediocridad no tienen el mismo mérito. Un violinista virtuoso no tiene más valor que un indigente, pero en las artes musicales uno es un ganador y el otro no; uno es bueno y el otro malo; uno es mejor que el otro (en música). El violinista virtuoso eligió ser el mejor en lo suyo y lo consiguió. Su esfuerzo tuvo su recompensa y podrá disfrutar del fruto de su talento. Siempre digo que el primer paso para ser un líder es querer serlo, análogamente para triunfar en la vida hay que querer ser el mejor con mentalidad ganadora, con alegre afán de victoria. Claro que llegar arriba supone un esfuerzo cuádruple, pero sólo el trabajo bien hecho y constante nos acerca a nuestras metas. Imposible ser un ganador con inconstancia, dejadez o vagueza; imposible ser un emprendedor de éxito levantándose todos los días a las diez, salvo que el negocio sea de ocio nocturno.

El afán de victoria es algo valioso que convierte a las personas en especiales. En una ocasión, un señor me hizo reparar en la gran pureza de los atletas que se esfuerzan hasta la extenuación, día tras día, para ganar una competición cuya recompensa puede no ser proporcional al esfuerzo. En muchas ocasiones el resultado es una medalla, prestigio y grato recuerdo ¡eso, si gana! El atleta lo da todo por la satisfacción de ser el mejor o estar entre los mejores. Tenemos mucho que aprender de ellos.

Querer ser el mejor es una ventaja, algunos nacen con ella y tienen ese don, otros la cultivan acreciéndola con el tiempo. Yo cuando tenía diecisiete años no quería ganar nada ni ser líder de nada, yo sólo quería viajar. Hoy comprendo que mi competitividad es heredada de mis padres y también auto-inculcada, es decir, aprendida. Como parto de la base de que todo lo que yo haya comprendido de la vida puedo transmitirlo, escribo estos artículos. No digo que sea fácil, pero sí es apasionante.

Todos conocemos a personas de éxito. Propongo que las admiremos y  aprendamos de ellas, fijémonos en sus mejores hábitos para imitarlos. Admirar es una actitud mucho más sana y productiva que la crítica envidiosa, de la que no aprendemos nada. Llegar a la cima casi nunca es un camino de rosas. Ser bueno en lo tuyo es exigente, incluso agotador y por eso pone a prueba nuestra inteligencia y capacidad de resistencia. Yo a los triunfadores los divido en dos grupos: los que tienen un éxito sostenido y los que tienen éxito y lo malogran. Como decía el actor, Nick Nolte, lo duro no es alcanzar el éxito sino mantenerlo. En el grupo de los degradados, todos conocemos casos de concesionarios que dan un servicio óptimo y con el tiempo se colapsan; abogados que triunfan pero que con tanta demandan desatienden al cliente; bares excelentes que dejan de mimar la calidad de sus tapas. El aburrimiento tienen mucho que ver con los tres casos anteriores, la falta de organización, también.

Ser el mejor requiere una superior organización
Hace años, una compañera de trabajo empezó a hacer tartas con motivos artísticos y le empezó a ir muy bien. Tuvo éxito pero con el boca a boca los pedidos empezaron a acumularse y tuvo que trabajar en ellas cada vez más horas, además de mantener su trabajo como enfermera. Con el tiempo lo dejó porque satisfacer su demanda le habría requerido invertir en unos recursos que probablemente no le compensaran. En el ámbito de los negocios triunfar casi siempre conlleva crecer porque la demanda no atiende a limitaciones de capacidad. Toda organización puede absorber un aumento limitado de su carga de trabajo por encima del cual empieza a deteriorarse la calidad de su producto o servicio. El problema es que crecer requiere gastar y en eso he visto gente de éxito ser muy miedica y contentarse con la estructura existente. Tengo muchos amigos con negocios buenos en esa tesitura, no crecen más porque se sienten incómodos con el riesgo que supone contratar más gente o ampliar un local.

El afán de victoria confiere la valentía y confianza de que si un producto tiene éxito, una mejor organización hará que llegue a más personas que también lo podrá disfrutar. Por supuesto que aumentar la producción supone un riesgo, pero ya es más limitado porque el mercado ha validado la oferta. Yo tengo la suerte de dirigir una empresa que ha pasado de tener unos 200 empleados cuando asumí su dirección, a casi 2.000 hoy. Claro que es muy complejo, claro que se pasa miedo, claro que el mercado te puede castigar, pero siempre he estado convencido de que mi servicio es de gran calidad y mejor que la competencia. Respondo por mi equipo con fe ciega porque sé que se desenvolverá con maestría en todo aquello que emprendamos. Hemos pasado de un cuerpo directivo de seis a casi setenta compañeros y hemos multiplicado por diez la nómina. Nuestra organización se ha ido haciendo más diversa, compleja y por supuesto mucho más costosa pero el mayor número de clientes que confían en nosotros ha compensado con creces nuestra inversión. Organizarse bien no es garantía absoluta de nada, el mercado o los errores nos pueden dejar en la cuneta (emprender es un deporte de alto riesgo) pero si perdemos negocio difícilmente será por dar un servicio degradado. Todos erramos a menudo, pero en nuestro caso cada fallo es fuente de aprendizaje y cada éxito está sujeto a explotación.

A la sociedad en que vivimos le faltan emprendedores jóvenes con todo que ganar y nada que perder. Que los egresados ambiciosos se planteen un horizonte más allá de unas oposiciones. Por eso quiero inculcar el amor por la victoria, el afán de superación y la capacidad de sacrificio para ser un empresario de éxito. Quiero líderes que tomen en sus manos la responsabilidad de crear empleo porque tienen un producto ganador. Líderes que hagan de sus equipos entornos de felicidad y cariño que se transmitan al cliente en forma de productos de buena calidad.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

 

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Yo hoy vengo a hablar de las empresas petardas y de sus jefes dejados.

En esta sociedad nuestra donde el talibanismo de la igualdad difumina las líneas entre buenos y malos, llamamos «mediocres» a los ineptos de toda la vida. Sin querer hemos borrado del habla toda palabra relacionada con el éxito, con ser el mejor, con ganar, con la chulería de ser el primero. Incluso en el fútbol, los entrenadores declaran con toda cautela «es un rival difícil», «será un partido complicado». Ni se les ocurre decir: «salimos a ganar por cinco a cero» y yo creo que eso predispone a sus jugadores negativamente. El deporte es una parte de nuestra sociedad y refleja sus miedos, que no es otro que el miedo a perder pero sin saber cómo ganar. Para ser el número uno, lo primero es quererlo con cada poro de la piel. Por el contrario, en el guiso de la mediocridad, burbujean las personas que no se complican y que apenas han hecho algo meritorio en toda su carrera. Son los dejados, la mala hierba de los jardines del éxito.

Los que tenemos ojo clínico para la organización percibes la dejadez al instante de entrar en una empresa: déficit de limpieza, de amabilidad y de eficacia. Puede ser un restaurante, una gran ferretería o la redacción de un periódico. Las empresas petardas se exponen como en un escaparate: desconchones de pintura; montoneras de papel en las mesas; negritud que circunda los botones del ascensor; baños percudidos y muchas caras largas. Como la actitud imperante en la empresa petarda es la dejadez producen indiferencia el oficio y la imagen. El dejado puede ser un triste o un parlanchín, pero ignora actitudes clave para el éxito como el compromiso, la responsabilidad, el crecimiento o la calidad, que son necesarios para competir en esa gran carrera que es el mercado. A menudo me pregunto si las hordas de dueños dejados se sorprenden cuando sus empresas se hunden. Si ya es difícil mantenerse en el mercado esmerándote, cómo no vas a estrellarte con esa dejadez tuya y de tu gente, vida mía.

Recuerdo que en una ocasión un empleado nos dejó para montar su propia empresa de pintura y reformas. En mi afán de ayudarle, quise hacerle un encargo de cierta cuantía, pero nunca conseguí que viniera a ver la faena y por consiguiente ni siquiera me presupuestó. «Sí hombre, -debió de pensar- me salgo para que no me manden y ahora que soy mi propio jefe vienen de nuevo a controlarme». Excuso decir que duró poco como empresario.

Como tengo un don para ver la dejadez en el ser humano, cuando voy a oficinas y despachos públicos me pongo las botas. Como en botica, en esas largas hileras de mesas ves a ocupados, regulines y también muchos dejados. Gente que pasa olímpicamente del trabajo, del administrado y de todas las mulas que les han dado. Dudo mucho de que este tipo de gente sea feliz porque no valoran lo que tienen y no saben servir como no saben hacer nada. Generalizar no es de doctores y no caeré en esa torpeza, estoy convencido de que un torpe lo es en la pública y en la privada, como un ganador lo es en cualquier ámbito laboral. Lo que ocurre es que en el sector público la dejadez pasa más desapercibida, en la privada el que no produce tiene que salir o la empresa se hunde.

El líder nunca es dejado
El dejado no puede ser nunca un líder porque para mandar motivando y dirigir convenciendo hay que complicarse la vida, meterse en charcos y salir airoso de ellos.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

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«Me niego a que alguien de la opción política contraria sea mi enemigo», esto me decía este fin de semana uno de mis mejores amigos y compadre, al que conozco desde los 17 años. Esta frase denota sabiduría y asunción de los valores democráticos. El que no piensa como yo ni vota como yo, tiene una opinión tan respetable como la mía. Hay tener alma grande y cabeza buena para ser así. Vivimos tiempos de mundialismo, que como dice Antonio Colinas, está reñido con la universalidad. Corrientes uniformadoras del pensamiento que nos quieren hacer a todos pensar lo mismo. Que digo yo que será hasta bueno que un pastor nepalí no piense igual que un trader de Buenos Aires cuando el uno no sabe ni una papa sobre el trabajo del otro. La diferencia nos enriquece.

Los simios somos animales gregarios cuya genética está programada para sentirnos más cómodos en la homogeneidad del grupo que en la divergencia. Estemos todos tranquilos en el árbol bajo la mirada displicente del macho alfa; que nadie rete el estatu quo para no meterse en líos. Sociológicamente nos sentimos más cómodos en un grupo de opinión, con una afiliación política o en una tribu donde todos los miembros piensan de forma similar a la mía. Los bandos políticos, con la connivencia de medios de comunicación, mantienen un discurso incesante sobre lo que está bien y lo que está mal, sobre lo que podemos pensar y lo que resulta nocivo. Ya sea directamente o sibilinamente, los mensajes son machacones por lo que cualquier disidencia intelectual resulta heroica.

Sin embargo, un líder es ante todo un librepensador que sale a la contra. Los líderes crean corriente, no la siguen, son originales e incluso cuando copian mejoran lo ya conocido porque innovan. Retan lo establecido para crear caminos nuevos. Ante todo son librepensadores que repudian etiquetas porque son eso mismo: libres y pensadores. El líder que aspira a la sabiduría busca la verdad utilizando talento y discernimiento, algo que resulta arduo en esta sociedad nuestra del griterío urgente. La valentía se le presupone a los militares, pero también a los líderes que necesitan discurrir por sí mismos, con la autonomía que exige encontrar el camino propio.

La amenaza de los librepensadores
A los importantes que mandan los librepensadores les inquietan (sobre todo si los importantes son ineptos). El que piensa por su cuenta, sin dejarse influir por la masa, puede razonar que muchas verdades oficiales son sólo embustes. Esto es incómodo para el pinocho dirigente. El librepensador es todo lo contrario que el sectario porque se entusiasma con la verdad, para ello tiene la sana costumbre de cuestionar su propio saber y de admirar el ajeno. Hagamos una prueba: ¿cuándo fue la última vez que dijo usted «me has convencido»? ¿Cuántas veces en la vida se ha oído decir «tus argumentos me han hecho cambiar de opinión»? Realice el experimento de decirlo, aunque sea de mentirijillas, y verá cómo su interlocutor se queda patidifuso si lo hace. Cara de incrédulo de que alguien, alguna vez, se deje convencer por algo. A los sectarios sólo les interesa convencer de sus dogmas; el librepensador, también aprecia dejarse convencer con la verdad.

Los líderes librepensadores sobran en organizaciones que propagan falsedades alejada de la realidad. El liderazgo necesita un ámbito de libertad y de veracidad para florecer como una fuerza del bien. La virtud del líder está repujada con sinceridad, veracidad, esfuerzo e inteligencia que requiere condiciones mínimas para poder brillar. De un liderazgo librepensador surgirán ideas geniales como lo fueron la imprenta, el autogiro o el iPhone. Líderes que piensan en libertad son capaces de crear su propio mundo en el que florecerán todos los miembros de su equipo.

En mis cursos me preguntan a veces cómo ser líder en organizaciones difíciles. Yo siempre respondo: tratando de influir en la esfera de competencia de cada uno, protegiendo a tu equipo de lo que chorrea desde arriba. El mundo puede ser malo pero tu mundo lo construyes tú. Eso sí, lo mejor es irse y montar uno algo propio. Crear.

Sed valientes y pensad. La verdad os hará libres.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

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Una carrera en gestión se forja con triunfos y fracasos. Vivimos hoy tiempos difíciles en los que personas y organizaciones luchan por sobrevivir. Como una familia en apuros elimina los gastos no esenciales, una empresa que haga lo propio tendrá que prescindir gastos varios y, ¡ay!, también de personal. Tienes que decir adiós a miembros de tu equipo con los que un día antes has luchado, has reído y has llorado. A algunos los consideras tus amigos. Terrible.

Crecer y contratar es excitante: un nuevo proyecto, una nueva sede, gente ilusionada que empieza. Mentalmente estamos preparados para ello; pero cuando el acordeón tiene que desinflarse y hacerse más pequeño se siente tristeza. La lógica es sencilla, menos gastos equivale a mejorar salud financiera de la entidad, pero sus consecuencias equivalen a tomar decisiones que empeoran las vidas de los que salen. De repente se verán truncadas sus vidas y todas las técnicas de ese liderazgo ganador que nos gusta enseñar quedan a la intemperie. El problema del desempleo es endémico en España y en tiempos de crisis empeora. Cuando se reduce plantilla sabes que la recolocación no será fácil, que habrá una familia sufriendo. No sé si otros jefes toman decisiones sin despeinarse porque a mí me afecta mucho. Mi consuelo único es la íntima convicción de estar haciendo lo correcto, pienso que si no se despide a estos compañeros a lo peor nos tendríamos que ir todos a casa.

Organizaciones en las crisis
Con las crisis no se juega. Cualquier organización, ¡incluso gobiernos! pueden sucumbir a ella, por eso se requiere llevar la iniciativa para evitar que los acontecimientos nos arrollen. Lo que ocurre es cada uno contempla su existencia desde un prisma individual y, claro, el afectado no lo entiende: «¿por qué yo y no el ése?». Sin embargo, los criterios deben ser objetivos. En mi caso, el principal criterio de actuación suele ser la antigüedad. Los últimos que entraron son los primeros en salir, aunque a veces se debe combinar con otros criterios como la redundancia (disponer de alguien más para ese puesto) o la idoneidad.

Tampoco resulta sencillo comunicar la decisión. No hay una manera dulce de decir adiós a un compañero que puede que no lo entienda. En ocasiones hay que cerrar un centro entero, por la finalización de un contrato, pero en otras hay que tocar la estructura y ahí las opiniones son más encontradas. Siempre me pongo a disposición de los afectados, aunque no sea yo quien les comunique la decisión. Al final, alguien tiene que tomar la decisión y hacerse responsable por ella, aunque no sea infalible.

Personalmente, rezo para que mis decisiones sean iluminadas, aunque duelan.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

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¿Nos hemos levantado con espíritu científico? Hagamos un experimento de observación para conocer mejor nuestra realidad. Os pido, queridos pupilos, que compréis todos una bata blanca y una urna en la que vamos a recrear un ecosistema político en miniatura y para ello introduciremos mini-políticos que nos permitirán observar su comportamiento sin que nadie nos moleste. La hipótesis que defenderemos es que esos politiquitos harán siempre lo opuesto de lo que aquí enseñamos. Harán anti-liderazgo, ya veréis.

Veamos: si nos detenemos a ver a los mini-políticos de nuestra urna, descubrimos que todos se agrupan en torno a un «líder» de su respectivas tribus, cuidado, no os confundáis porque aunque lo llaman así, no es el líder al que nosotros aspiramos a convertirnos. Lo primero que descubrimos en nuestros experimento es que en el ecosistema político lo más importante es que todas las acciones de ese supuesto líder consisten en subir yo, llegar yo a lo más alto. Como la gestión es un proceso que cuesta aprender, entre los especímenes de subir yo abundan los que no saben gestionar ni un café con leche (no digamos un equipo). Anotemos en el cuaderno que para subir yo, se considera imprescindible que no subas tú. Acercamos una lupa y seguimos los movimientos de los pululantes más gordos y, efectivamente, ante cualquier problema la culpa siempre la tiene un  no subas tú. Hace poco le oí a un veterano ex-político el modo en el que se hace la defensa del anti-líder: «Hay que meterle gente y más gente por medio para que la culpa no llegue nunca al de arriba». Descubrimos pues, queridos pupilos, que la deslealtad con tu equipo forma parte de la estructura misma de la política. Los ejércitos de no subas tú, sólo sirven para encastillar a los subir yo y en esta guerra del egoísmo, morirán tantos soldados como requiera la seguridad del generalote. Fascinante.

Como estamos cansados, vamos a por un vaso de agua y mientras abrimos el grifo caemos en la cuenta de que no habíamos reparado en otro rasgo que ahora sí nos llaman la atención. Los subir yo están siempre obsesionados por atribuirse todos los méritos. Ser siempre responsable de todo lo bueno y no ser nunca culpable de nada malo les hace creer infalibles. Realmente, como muchos subir yo no saben coordinar ni una taza de café, son sus ejércitos de no subas tú los que tienen las ideas y las ejecutan por el bien común, pero a ellos no les llegará reconocimiento por la succión sin complejos del subir yo de turno. La succión del éxito, combinada con la ausencia de toda mácula, les hace ufanarse de la admiración de la que son acreedores. Aún así no las tienen todas consigo porque en la esquina de la urna preguntar suelen a sus asesores: «¿Qué tal he estado?». Son narcisos que, al no gestionar ni tienen buenas ideas, están todo el rato pensando en su imagen y en su proyección personal. Su profesión es aparentar virtud por lo que su mundo consiste en decir, más que en hacer. Y dirán lo que sea menester para «subir yo».

Esto nos lleva al tercer gran rasgo visible en los politiquitos que merodean por nuestra urna: los subir yo son mentirosos. Como ni gestionan ni tienen buenas ideas, el primer embuste es que realmente son ellos los dignos de aclamación. Incluso cuando meten la pata solitos, le endosarán la culpa a uno de sus no subas tú, lo que además de ser una mentira cochina es de ser un cobarde y un desleal. La mentira es la primera forma de corrupción humana pero no les importa, no se han parado a pensar tanto. La mentira es la primogénita del egoísmo y consiste en crear una verdad ficticia en beneficio propio y detrimento del prójimo. También son hábiles fabricando patrañas que provocan que todos los españoles estemos siempre peleados. Porque aunque los veamos en una urna, en plena naturaleza hay más de 100.000 políticos, el 0,25% de la población, muchos de los cuales se dedica a enfrentar y a dividir al otro 99,75% de personas normales. Algunos dicen que la cifra es medio millón. Casi todos los males del mundo provienen del egoísmo y comprobamos como impera en nuestra urna: nuestros politiquillos de laboratorio forman un ecosistema de egoísmo organizado, un sistema inteligente de egoísmo. Egoísmo, mentira, cizaña, cobardía, deslealtad, narcisismo, jolines con el ecosistema de nuestra urna. ¿Qué tipo de bicharraco hay que ser para triunfar en este ecosistema? Me respondió indirectamente un cargo intermedio hace algún tiempo: «Más vale que te llamen hijoputa a que te digan que eres buena gente». No podemos generalizar, sería injusto porque hay muchos dirigentes de bien, pero mi argumento es que aunque las personas sean buenas y comprometidas el ecosistema político hiede.

Pero ay, queridos. Si pensamos que la urna es una metáfora de nuestros televisores, entonces descubrimos con horror que este tipo de seres humanos no sólo abunda sino que prolifera. ¡Son reales! Los subir yo y los no subas tú andan siempre a la gresca, tratando de despedazarse y al contrario que en un experimento es imposible contenerlos en un laboratorio. Nos vemos indefensos ante tanto déspota creído que se cree por encima de todos nosotros. El único consuelo es que se creen su propia propaganda pero en realidad es evidente cómo son. No engañan a nadie.

Reyes desnudos
Cuando veo en plena actuación a uno de estos políticos profesionales, que no la han doblado en su vida, sea del partido que sea, siempre me viene a la cabeza el Cuento del rey desnudo, ese bobo al que convencieron de que sólo los más excelsos podían ver una tela exquisita y los bordados imaginarios que le vendió un sastre oportunista. En el cuento todos los súbditos fingían admirar el traje del rey y sólo un niño se atrevió a gritar con inocencia: «¡Va desnudo!». Hoy no habría niños suficientes para gritarles a todos los reyes desnudos del siglo XXI que se pavonean por nuestras teles.

Pues bien señores, nosotros todo lo contrario. Donde reine el egoísmo, la mentira, la cizaña, la cobardía, la deslealtad y el narcisismo, pongamos nosotros generosidad, verdad, concordia, lealtad y humildad. Donde ellos estén obsesionados por la imagen, nosotros nos obsesionamos por el resultado y por el bien común. Para un líder su equipo es lo primero y por eso no está instalado en subir yo, sino subimos todos, porque el bien de todos es el bien de la organización y de la sociedad a la que sirve. Realmente un líder asume los errores de su equipo y les transfiere el mérito por cada logro, justo al contrario de los mini-políticos que siguen pululando por nuestra urna. El líder es virtuoso: dice la verdad, es humilde y es generoso. Sabe que en un entorno de confraternidad y amabilidad todo el mundo es más feliz (realmente se llama amor). Ante los anti-líderes, reivindico a los líderes. Ante la mentira, digamos la verdad. Ante el narcisismo, la humildad. Ante el decir, concentrémonos en el hacer.

Vamos, líderes, la sociedad os necesita.

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

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