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Si liderar un equipo con eficacia fuera fácil, usted no perdería mucho tiempo aprendiendo. Hacerlo bien conlleva cumplir unos objetivos organizativos manteniendo alta la moral de la tropa. «Mandar motivando, dirigir convenciendo» es mi definición corta de liderazgo, un aforismo persuasivo que te dice qué es, pero no cómo conseguirlo. En el intento de dominar el arte del liderazgo y encontrar ese cómo mágico, se han volcado miles de autores. Haciendo mi tesis descubrí que se escriben más de 20.000 libros al año sobre la materia; existen infinidad de sitios de internet en los que encontrar consejos y centenares de centros docentes prestigiosos y especializados. Algunas consultoras cobran grandes dineros para empaquetar la abstracción que llamamos liderazgo. Puede parecer todo muy rebuscado y exigente, pero al final lo que uno quiere es que su equipo funcione. Aquí trataremos de simplificar.

El liderazgo es complejo porque las personas lo son. Liderar supone trabajar con individuos con diferentes visiones de la vida, por lo que el líder ha de homogeneizar lo diverso en pos de una causa común, la que sea. Aunque en mi libro (uno de los 20.000 de ese año) identifico veinte maneras de motivar, mi consejo a los que no os vais a gastar la pasta en él es que penséis cómo os gusta que os traten, para tratar así a los demás. ¿Prefieres que te regañen en público o que te reconvengan en privado? ¿Prefieres que tu jefe se atribuya el mérito tuyo o que ensalcen tu hecho meritorio? ¿Prefieres que te expliquen cómo hacer algo o que te desprecien cuando fallas? ¿Prefieres que te escuchen o que te interrumpan a cada frase? ¿Prefieres un jefe que mantenga la calma ante la crisis o uno que se ponga histérico? ¿Prefieres un jefe con humor o un sieso insoportable? ¿Prefieres que te peguen una paliza o que te regalen un millón de euros? Es bastante simple, todos reaccionamos mejor a impulsos positivos y éstos parten siempre de la generosidad. Estimulando sentimientos positivos simplificamos las dificultades de la personalidad. Bondad, consideración, reconocimiento, paciencia, amistad, rigor, seriedad son atributos potentes que no pasarán desaparcibidos a los miembros de tu equipo.

Para empezar con un equipo nuevo, mejor no dar nada por supuesto, ni bueno ni malo. El líder debe explicar el propósito del equipo y si no lo hay, formarlo. Sea un equipo de bandoleros o de bailarinas hay que creer en una meta final. Imposible que un equipo sepa qué se espera de él sin que se le explique con esa partitura que son los objetivos inteligentes. Un bebé no nace predestinado a ser un oficinista desmotivado, un mecánico quemado o un funcionario con el síndrome del «burnt-out». Al contrario, el bebé sonríe ante estímulos agradables y lo mismo nos ocurre a nosotros cuando estamos relajados.

A menudo digo a los míos que «yo sólo sé gestionar haciendo equipo». Es así como lo siento y lo practico porque uno, individualmente, vale bien poco sin buenos compañeros de viaje. Mucha gente habla de liderazgo y de equipos, pero no todos pasan la prueba del algodón. ¿Cómo saber si un líder ejerce realmente como tal? ¿Cómo motiva y dónde lo hace? Pues sentándose con su equipo, tanto colectiva como individualmente.

Siéntate con ellos
Al líder se le puede medir fácilmente por la calidad y cantidad de reuniones que tiene con su equipo. La reunión de equipo es una de las mejores herramientas para compartir un objetivo común, encuentros en los que con franqueza se aborden las cuestiones importantes. Para que sea una comunicación efectiva debe existir emisión y recepción de mensajes por las dos partes. Los discursos inspirados es algo que utilizan muchas autoridades pero que suelen resolver pocos problemas. La reunión es el punto de encuentro en el que los miembros del equipo se ven cara a cara y el reto es hacerlas muy productivas. Un jefe que apenas se sienta con sus subordinados, o que si acaso los llama individualmente de higos a brevas, se está perdiendo el jugo de crear un grupo motivado donde todos aportan su visión para lograr el propósito común. Cuando yo tengo una reunión de equipo en un centro, participan todos: desde la directora al técnico de mantenimiento. Nos sentamos en círculo con un orden del día potente y si son tímidos les pregunto para que opinen sobre el día a día. El criterio de cocinera contará más que el de la pedagoga en asuntos alimentarios porque trato a todos como autoridades competentes en su campo. Estos encuentros sirven para aclarar dudas y afrontar vicisitudes (que yo me llevo estudiadas). Eso sí, tomada una decisión, recuerdo a todos el deber de apoyarla. Abordamos y resolvemos dificultades sobre la marcha, con agilidad. Haciendo equipo, mejoramos nuestro modo de trabajo.

Todos sabemos que las reuniones pueden ser productivas, pasables o aburridas. Para que las nuestras sean de primera sugiero siempre que éstas sean oportunas, con un objetivo claro, que en ellas se comparte información relevante y que se tomen decisiones.  El orden del día es imprescindible y si en su elaboración participan los compañeros, todavía mejor pues se aborda lo que preocupa en la base. Por difíciles que sean las personas, siempre se puede hacer que la vida sea más sencilla tratando a todos con tacto, dignidad y consideración; siempre diciéndoles la verdad.

¿Otro consejo? Procura que la gente se sienta bien consigo misma.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

 

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Ganar, ser el mejor, superar a los demás, distinguirse, ser el primero, ser un ganador, vencer, destacar… son dichos que no están de moda. Vivimos en una sociedad confundida donde está feo brillar o hacer comparaciones entre los que sobresalen y los que no. Una sociedad que en el fondo es tan competitiva como la que más. Afortunadamente, gozamos de un clima de igualdad asumido por todos en el que sabemos que nadie debe estar por encima de nadie, ni sentirse superior ni tener más derechos. Pero ojo, no todo somos iguales en todo ya que en según qué ámbitos la excelencia y la mediocridad no tienen el mismo mérito. Un violinista virtuoso no tiene más valor que un indigente, pero en las artes musicales uno es un ganador y el otro no; uno es bueno y el otro malo; uno es mejor que el otro (en música). El violinista virtuoso eligió ser el mejor en lo suyo y lo consiguió. Su esfuerzo tuvo su recompensa y podrá disfrutar del fruto de su talento. Siempre digo que el primer paso para ser un líder es querer serlo, análogamente para triunfar en la vida hay que querer ser el mejor con mentalidad ganadora, con alegre afán de victoria. Claro que llegar arriba supone un esfuerzo cuádruple, pero sólo el trabajo bien hecho y constante nos acerca a nuestras metas. Imposible ser un ganador con inconstancia, dejadez o vagueza; imposible ser un emprendedor de éxito levantándose todos los días a las diez, salvo que el negocio sea de ocio nocturno.

El afán de victoria es algo valioso que convierte a las personas en especiales. En una ocasión, un señor me hizo reparar en la gran pureza de los atletas que se esfuerzan hasta la extenuación, día tras día, para ganar una competición cuya recompensa puede no ser proporcional al esfuerzo. En muchas ocasiones el resultado es una medalla, prestigio y grato recuerdo ¡eso, si gana! El atleta lo da todo por la satisfacción de ser el mejor o estar entre los mejores. Tenemos mucho que aprender de ellos.

Querer ser el mejor es una ventaja, algunos nacen con ella y tienen ese don, otros la cultivan acreciéndola con el tiempo. Yo cuando tenía diecisiete años no quería ganar nada ni ser líder de nada, yo sólo quería viajar. Hoy comprendo que mi competitividad es heredada de mis padres y también auto-inculcada, es decir, aprendida. Como parto de la base de que todo lo que yo haya comprendido de la vida puedo transmitirlo, escribo estos artículos. No digo que sea fácil, pero sí es apasionante.

Todos conocemos a personas de éxito. Propongo que las admiremos y  aprendamos de ellas, fijémonos en sus mejores hábitos para imitarlos. Admirar es una actitud mucho más sana y productiva que la crítica envidiosa, de la que no aprendemos nada. Llegar a la cima casi nunca es un camino de rosas. Ser bueno en lo tuyo es exigente, incluso agotador y por eso pone a prueba nuestra inteligencia y capacidad de resistencia. Yo a los triunfadores los divido en dos grupos: los que tienen un éxito sostenido y los que tienen éxito y lo malogran. Como decía el actor, Nick Nolte, lo duro no es alcanzar el éxito sino mantenerlo. En el grupo de los degradados, todos conocemos casos de concesionarios que dan un servicio óptimo y con el tiempo se colapsan; abogados que triunfan pero que con tanta demandan desatienden al cliente; bares excelentes que dejan de mimar la calidad de sus tapas. El aburrimiento tienen mucho que ver con los tres casos anteriores, la falta de organización, también.

Ser el mejor requiere una superior organización
Hace años, una compañera de trabajo empezó a hacer tartas con motivos artísticos y le empezó a ir muy bien. Tuvo éxito pero con el boca a boca los pedidos empezaron a acumularse y tuvo que trabajar en ellas cada vez más horas, además de mantener su trabajo como enfermera. Con el tiempo lo dejó porque satisfacer su demanda le habría requerido invertir en unos recursos que probablemente no le compensaran. En el ámbito de los negocios triunfar casi siempre conlleva crecer porque la demanda no atiende a limitaciones de capacidad. Toda organización puede absorber un aumento limitado de su carga de trabajo por encima del cual empieza a deteriorarse la calidad de su producto o servicio. El problema es que crecer requiere gastar y en eso he visto gente de éxito ser muy miedica y contentarse con la estructura existente. Tengo muchos amigos con negocios buenos en esa tesitura, no crecen más porque se sienten incómodos con el riesgo que supone contratar más gente o ampliar un local.

El afán de victoria confiere la valentía y confianza de que si un producto tiene éxito, una mejor organización hará que llegue a más personas que también lo podrá disfrutar. Por supuesto que aumentar la producción supone un riesgo, pero ya es más limitado porque el mercado ha validado la oferta. Yo tengo la suerte de dirigir una empresa que ha pasado de tener unos 200 empleados cuando asumí su dirección, a casi 2.000 hoy. Claro que es muy complejo, claro que se pasa miedo, claro que el mercado te puede castigar, pero siempre he estado convencido de que mi servicio es de gran calidad y mejor que la competencia. Respondo por mi equipo con fe ciega porque sé que se desenvolverá con maestría en todo aquello que emprendamos. Hemos pasado de un cuerpo directivo de seis a casi setenta compañeros y hemos multiplicado por diez la nómina. Nuestra organización se ha ido haciendo más diversa, compleja y por supuesto mucho más costosa pero el mayor número de clientes que confían en nosotros ha compensado con creces nuestra inversión. Organizarse bien no es garantía absoluta de nada, el mercado o los errores nos pueden dejar en la cuneta (emprender es un deporte de alto riesgo) pero si perdemos negocio difícilmente será por dar un servicio degradado. Todos erramos a menudo, pero en nuestro caso cada fallo es fuente de aprendizaje y cada éxito está sujeto a explotación.

A la sociedad en que vivimos le faltan emprendedores jóvenes con todo que ganar y nada que perder. Que los egresados ambiciosos se planteen un horizonte más allá de unas oposiciones. Por eso quiero inculcar el amor por la victoria, el afán de superación y la capacidad de sacrificio para ser un empresario de éxito. Quiero líderes que tomen en sus manos la responsabilidad de crear empleo porque tienen un producto ganador. Líderes que hagan de sus equipos entornos de felicidad y cariño que se transmitan al cliente en forma de productos de buena calidad.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

 

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A ti, magistrado de la verdad. A ti, orfebre del titular. A ti, ingeniero rebelde de entre líneas. A ti, que enamorada tomaste nuestra lengua como azada. A ti, que cruzaste el umbral de la facultad con ilusión de explorador. A ti, que viviste las risas, las carpetas y los cafés. A ti, que recuerdas a los profesores decir «las opiniones son libres, los hechos sagrados». A ti, que tanto te costó encontrar tu primer trabajo. A ti, que descubriste que la redacción no venía en los apuntes. A ti, que como becaria te pusiste a competir con ellos. A ti, que como mujer superaste a tantos hombres. A ti, que acaricias con nostalgia aquellos días. A ti, que investigas con oficio el «qué pasó». A ti, que nunca hiciste corta-pega. A ti, que vives la noticia pinchándote en la carne. A ti, que siempre contrastas. A ti, que ves asustado al jefe porque os cierran. A ti, que te sacudes el aburrimiento porque odias lo ramplón. A ti, que vas perfecta a las entrevistas porque eres una grande y qué se habrán creído. A ti también, que vas en vaqueros y deportivas porque tú lo vales y qué se habrá creído esa gente. A ti, que peinas canas y te aburren los saraos. A ti, que has visto en las picas las cabezas de tantos brujos. A ti, que vives tu oficio como derecho, no como poder. A ti, que te ofrecieron regalías y las ignoraste. A ti, que acumulas tantas horas de espera porque es el pan de tus niños. A ti, que recuerdas el frío que pasaste haciendo aquella crónica. A ti, que añoras la genialidad golfa de periodistas ya jubilados. A ti, que entraste cuando los más veteranos no tenían ni carrera. A ti, que recuerdas el pavor del primer micrófono. A ti, que modulas tu voz como los ángeles. A ti, que en tu escribir eres propiedad y riqueza. A ti, que ayudas y aconsejas a los nuevos. A ti, que con hambre de elogios te sabes diamante. A ti, que te sobran los honores. A ti, que sigues encadenando las exclusivas que las alturas temen. A ti, que tantas llamadas recibiste para tapar las verdades del barquero. A ti, que a la vista de los ricos te preguntas si el camino que elegiste era el bueno. A ti, que desprecias el seguidismo de tantos colegas. A ti, que contemplas con ternura el activismo de las plumas jóvenes. A ti, que nunca pusiste apellidos a tu profesión. A ti, que sufres con la mentira oficial. A ti, que al posar tus ojos en la medianía lánguida te sublevas. A ti, que eres herencia de aquel gran redactor jefe que tuviste. A ti, que no eres pastelero sino farero. A ti que arreglarías el periodismo moderno en cinco minutos. A ti, que eres lobo viejo y lo has visto todo. A ti, que tienes escritas dos novelas queriendo dar el salto. A ti, que sales con la helada buscando una manta… de la que tirar. A ti, querida amiga, porque tu profesión me hace libre.

A ti, periodista, te dedico este artículo.

 

                                                                                                                                                                                                                    Por Carlos González de Escalada

 

 

 

 

 

 

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Como estudioso de la materia diré que no es frecuente que en los medios de comunicación se use la palabra «liderazgo», que sin embargo si se está utilizando más estos días. Vivimos una pandemia y la sociedad demanda este atributo en sus dirigentes, se asume con naturalidad que son ellos los protagonistas en la búsqueda de soluciones eficaces. Como ocurre con la música sinfónica o con una buena película, los consumidores valoran si el resultado les gusta o no, sin preocuparse sobre el cómo se hace. Pero, ¡ay!, resulta que al sabio de calle español no le está gustando cómo se está llevando la crisis, no le está gustando ese liderazgo del que hablan los telediarios. Esto es lógico porque  el liderazgo es algo que necesita aprendizaje y maduración mediante la praxis de muchos años. Como proclama John Maxwell «El líder no se hace en un día, sino día a día», por lo que es imposible improvisar cuando se llega a un puesto, con el resultado de que muchos de nuestros máximos dirigentes no tienen apenas noción de lo que es (porque liderar no es mandar a secas). Volviendo al símil de la música, es como si a un político de partido, de pronto lo ascendieran a director de orquesta sin saber leer una partitura. Por virtuosos que sean los intérpretes, se desacompasarán los tempos de los instrumentos. Carentes de guía, éstos terminarán produciendo desajustes en la melodía o una creciente cacofonía porque cada grupo de instrumentos tocará por su cuenta como mejor se sepa. ¿Les suena?.

No sé si España es el único país donde se asume por ley natural que un ministro sabe siempre más que un secretario de Estado, un secretario más que un director general y éste más que todos sus técnicos especialistas juntos. ¿De verdad? Pues muchas veces, no. La inercia social nos hace convivir con el falso axioma de que «el que manda sabe porque para eso manda». Lo viví en primera persona cuando hice el servicio militar en la Armada, está mal decirlo pero a mis 24 años yo ya era licenciado, hablaba dos idiomas y había leído cientos de libros. Yo era marinero por lo que naturalmente mi criterio era de inferior calidad que la del cabo primero, la de éste, inferior a la del teniente de navío y las de todos nosotros juntos, muy inferior a la del capitán de fragata. Me permito esta broma porque la verdad es que en el portaaviones Príncipe de Asturias era completamente irrelevante mi afición por las novelas de Víctor Hugo, pero creo que se capta la idea. No tenemos la cultura de confiar en el experto ni la humildad de reconocer nuestros límites, algo que sí hace un líder. Aquí sabemos siempre más que el subordinado por complejo que sea el asunto.

Liderar sin saber gestionar
Si nos parece un disparate que alguien dirija una orquesta sinfónica sin saber música, igualmente nos lo tendría que parecer cuando alguien esté a cargo de administrar una organización sin saber gestionarla. La gestión es una disciplina compleja que requiere aprendizaje y experiencia, no se domina por sentarte en un sillón de cuero. Los que nos dedicamos a ella, asumimos erróneamente que todo el mundo sabe gestionar y nos llevamos las manos a la cabeza cuando los altos cargos cometen errores de principiantes. La carencia más generalizada que detecto en estos días calamitosos es el de la falta de anticipación. Un elemental atributo de ser competente es saber que los problemas hay que atajarlos previendo cuál será su evolución probable en los meses que se acercan. También hay que saber gestionar expectativas de los grupos de interés y decirles la verdad, algo que produce urticaria a muchos políticos, como ya escribí en mi artículo «Los reyes desnudos del siglo XXI».

Gestionar es ante todo administrar correctamente recursos materiales, financieros y humanos para conseguir unos fines prefijados, pero siempre sujeto a imponderables y a vicisitudes. Dentro de la gestión además, existe la especialidad de gestión de crisis, que requiere maniobrar y tomar decisiones en entornos caóticos . En la peor pandemia en décadas, está claro que iba a surgir una desproporción aguda entre medios y necesidades. Para eso hacen falta buenos gestores, para decidir con visión de conjunto. En mi calidad de director general de SAMU me han preguntado varias veces «¿cómo ves la gestión del coronavirus?» y, siendo diplomático, hablo de una meritoria improvisación profesionalizada. Pero también comento que se han volcado los esfuerzos en la gestión sanitaria de la pandemia, pero se ha olvidado su gestión administrativa. Por eso comprobamos cómo cientos de miles de personas cobraron tarde sus ERTES (algunos no lo han hecho todavía); cómo se vaciaron los edificios públicos en un momento crucial; cómo se improvisaron herramientas jurídicas de difícil aplicación o cómo se ha volcado en empresas y ciudadanos esfuerzos muy por encima de sus posibilidades. Actuar correctamente requiere capacidad de gestión y convencer de la bondad de las medidas que requiere liderazgo, que consiste en mandar motivando y dirigir convenciendo.

Si un líder no es experto en gestionar crisis, por lo menos debe impulsar y dejar funcionar a los que sí saben. Allanar el camino, quitar piedras para que marquen el camino los que entienden. Con los cientos de asesores que tienen nuestros próceres, parece mentira la calidad tan cuestionable de muchas de sus decisiones. Cuando los medios hablan de «falta de liderazgo» lo que está faltando es capacidad para ver mas allá de hoy y mañana y anticiparse a las reacciones lógicas de trabajadores, familias, pacientes. Entiendo que un ministro poco puede hacer si todos sus funcionarios se van a casa, pero es que quizá no se debieron irse tantos. Al igual que muchos estuvieron en la línea de batalla, a lo mejor los empleados públicos esenciales debieron quedarse, aunque fuera de manera voluntaria. El liderazgo conlleva una conexión emocional con la causa y son tiempos de conectar con las necesidades de la gente. Todo ello se gestiona, se pide, se ruega, se organiza. Nadie ha considerado el mérito de los tramitadores de los ERTE, y sin embargo miles cobran gracias a su esfuerzo. Sus jefes no pusieron en valor su trabajo, no gestionaron, no lideraron.

Invito a los cargos con responsabilidades públicas, a los dueños de empresas, a los directores generales de grandes corporaciones a pensar que liderar conlleva siempre un dominio de las técnicas de gestión. El liderazgo se aprende como técnica, como modo de entender las relaciones humanas. La política, las organizaciones y la sociedad funcionan mejor cuando sus líderes emocionan y gestionan adecuadamente recursos finitos. Hoy, el liderazgo es más necesario que nunca.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

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Yo hoy vengo a hablar de las empresas petardas y de sus jefes dejados.

En esta sociedad nuestra donde el talibanismo de la igualdad difumina las líneas entre buenos y malos, llamamos «mediocres» a los ineptos de toda la vida. Sin querer hemos borrado del habla toda palabra relacionada con el éxito, con ser el mejor, con ganar, con la chulería de ser el primero. Incluso en el fútbol, los entrenadores declaran con toda cautela «es un rival difícil», «será un partido complicado». Ni se les ocurre decir: «salimos a ganar por cinco a cero» y yo creo que eso predispone a sus jugadores negativamente. El deporte es una parte de nuestra sociedad y refleja sus miedos, que no es otro que el miedo a perder pero sin saber cómo ganar. Para ser el número uno, lo primero es quererlo con cada poro de la piel. Por el contrario, en el guiso de la mediocridad, burbujean las personas que no se complican y que apenas han hecho algo meritorio en toda su carrera. Son los dejados, la mala hierba de los jardines del éxito.

Los que tenemos ojo clínico para la organización percibes la dejadez al instante de entrar en una empresa: déficit de limpieza, de amabilidad y de eficacia. Puede ser un restaurante, una gran ferretería o la redacción de un periódico. Las empresas petardas se exponen como en un escaparate: desconchones de pintura; montoneras de papel en las mesas; negritud que circunda los botones del ascensor; baños percudidos y muchas caras largas. Como la actitud imperante en la empresa petarda es la dejadez producen indiferencia el oficio y la imagen. El dejado puede ser un triste o un parlanchín, pero ignora actitudes clave para el éxito como el compromiso, la responsabilidad, el crecimiento o la calidad, que son necesarios para competir en esa gran carrera que es el mercado. A menudo me pregunto si las hordas de dueños dejados se sorprenden cuando sus empresas se hunden. Si ya es difícil mantenerse en el mercado esmerándote, cómo no vas a estrellarte con esa dejadez tuya y de tu gente, vida mía.

Recuerdo que en una ocasión un empleado nos dejó para montar su propia empresa de pintura y reformas. En mi afán de ayudarle, quise hacerle un encargo de cierta cuantía, pero nunca conseguí que viniera a ver la faena y por consiguiente ni siquiera me presupuestó. «Sí hombre, -debió de pensar- me salgo para que no me manden y ahora que soy mi propio jefe vienen de nuevo a controlarme». Excuso decir que duró poco como empresario.

Como tengo un don para ver la dejadez en el ser humano, cuando voy a oficinas y despachos públicos me pongo las botas. Como en botica, en esas largas hileras de mesas ves a ocupados, regulines y también muchos dejados. Gente que pasa olímpicamente del trabajo, del administrado y de todas las mulas que les han dado. Dudo mucho de que este tipo de gente sea feliz porque no valoran lo que tienen y no saben servir como no saben hacer nada. Generalizar no es de doctores y no caeré en esa torpeza, estoy convencido de que un torpe lo es en la pública y en la privada, como un ganador lo es en cualquier ámbito laboral. Lo que ocurre es que en el sector público la dejadez pasa más desapercibida, en la privada el que no produce tiene que salir o la empresa se hunde.

El líder nunca es dejado
El dejado no puede ser nunca un líder porque para mandar motivando y dirigir convenciendo hay que complicarse la vida, meterse en charcos y salir airoso de ellos.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

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«Me niego a que alguien de la opción política contraria sea mi enemigo», esto me decía este fin de semana uno de mis mejores amigos y compadre, al que conozco desde los 17 años. Esta frase denota sabiduría y asunción de los valores democráticos. El que no piensa como yo ni vota como yo, tiene una opinión tan respetable como la mía. Hay tener alma grande y cabeza buena para ser así. Vivimos tiempos de mundialismo, que como dice Antonio Colinas, está reñido con la universalidad. Corrientes uniformadoras del pensamiento que nos quieren hacer a todos pensar lo mismo. Que digo yo que será hasta bueno que un pastor nepalí no piense igual que un trader de Buenos Aires cuando el uno no sabe ni una papa sobre el trabajo del otro. La diferencia nos enriquece.

Los simios somos animales gregarios cuya genética está programada para sentirnos más cómodos en la homogeneidad del grupo que en la divergencia. Estemos todos tranquilos en el árbol bajo la mirada displicente del macho alfa; que nadie rete el estatu quo para no meterse en líos. Sociológicamente nos sentimos más cómodos en un grupo de opinión, con una afiliación política o en una tribu donde todos los miembros piensan de forma similar a la mía. Los bandos políticos, con la connivencia de medios de comunicación, mantienen un discurso incesante sobre lo que está bien y lo que está mal, sobre lo que podemos pensar y lo que resulta nocivo. Ya sea directamente o sibilinamente, los mensajes son machacones por lo que cualquier disidencia intelectual resulta heroica.

Sin embargo, un líder es ante todo un librepensador que sale a la contra. Los líderes crean corriente, no la siguen, son originales e incluso cuando copian mejoran lo ya conocido porque innovan. Retan lo establecido para crear caminos nuevos. Ante todo son librepensadores que repudian etiquetas porque son eso mismo: libres y pensadores. El líder que aspira a la sabiduría busca la verdad utilizando talento y discernimiento, algo que resulta arduo en esta sociedad nuestra del griterío urgente. La valentía se le presupone a los militares, pero también a los líderes que necesitan discurrir por sí mismos, con la autonomía que exige encontrar el camino propio.

La amenaza de los librepensadores
A los importantes que mandan los librepensadores les inquietan (sobre todo si los importantes son ineptos). El que piensa por su cuenta, sin dejarse influir por la masa, puede razonar que muchas verdades oficiales son sólo embustes. Esto es incómodo para el pinocho dirigente. El librepensador es todo lo contrario que el sectario porque se entusiasma con la verdad, para ello tiene la sana costumbre de cuestionar su propio saber y de admirar el ajeno. Hagamos una prueba: ¿cuándo fue la última vez que dijo usted «me has convencido»? ¿Cuántas veces en la vida se ha oído decir «tus argumentos me han hecho cambiar de opinión»? Realice el experimento de decirlo, aunque sea de mentirijillas, y verá cómo su interlocutor se queda patidifuso si lo hace. Cara de incrédulo de que alguien, alguna vez, se deje convencer por algo. A los sectarios sólo les interesa convencer de sus dogmas; el librepensador, también aprecia dejarse convencer con la verdad.

Los líderes librepensadores sobran en organizaciones que propagan falsedades alejada de la realidad. El liderazgo necesita un ámbito de libertad y de veracidad para florecer como una fuerza del bien. La virtud del líder está repujada con sinceridad, veracidad, esfuerzo e inteligencia que requiere condiciones mínimas para poder brillar. De un liderazgo librepensador surgirán ideas geniales como lo fueron la imprenta, el autogiro o el iPhone. Líderes que piensan en libertad son capaces de crear su propio mundo en el que florecerán todos los miembros de su equipo.

En mis cursos me preguntan a veces cómo ser líder en organizaciones difíciles. Yo siempre respondo: tratando de influir en la esfera de competencia de cada uno, protegiendo a tu equipo de lo que chorrea desde arriba. El mundo puede ser malo pero tu mundo lo construyes tú. Eso sí, lo mejor es irse y montar uno algo propio. Crear.

Sed valientes y pensad. La verdad os hará libres.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

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Salimos a la contra señores. Nosotros nadamos río arriba que tiene más mérito. Vamos a darnos de cara contra todo lo malo que abunda en el mundo, para cambiar el nuestro. Nuestra tribu va a guerrear y a ganar la batalla, avanzamos a paso firme hacia la pugna. Nuestra porfía no derramará sangre, pero sí requerirá heroísmo. Nuestro objetivo como líderes es luchar contra los enemigos de nuestro ideal: los anti-líderes, esos que se las dan de. Donde haya egoísmo, nosotros pelearemos con generosidad; donde impere la mentira, nosotros diremos la verdad; ante la altanería, llaneza; ante la prepotencia, humildad; ante el enfado, una sonrisa; ante la intolerancia, concordia; ante los que se escuchan, nosotros escuchamos; ante los que se gustan, nosotros gustamos. No podemos cambiar a toda la sociedad pero sí podemos cambiar a nuestro círculo. Salimos a la contra para eliminar lo que nos disgusta, salimos a la contra para marcar goles en la portería del egoísmo.

Cuando somos gentiles, comprensivos y exigentes estamos marcando goles al adversario de la arrogancia y la dejadez. Situaremos en punta a nuestro «nueve»: la amabilidad, que le gana fácilmente la espalda a los centrales de la insolencia. No sé en el fútbol, pero en la vida no hay equipo malo, lo que hay son malos entrenadores, por eso es tan importante que nos formemos como líderes, porque obtendremos equipos ganadores más felices. Para este partido también es precisa la preparación individual de cada uno de nosotros. Todos somos líderes si somos capaces de influir positivamente en los demás. ¿Un becario puede ser un líder? Claro que sí, porque aspira como mínimo a ser líder de sí mismo y contribuyente a mejorar su entorno. El autoconocimiento, el autoconcepto es el primer elemento para conquistar el liderazgo. Los otros dos son la generosidad y la humildad. Actualmente estoy leyendo «El liderazgo al estilo de los Jesuitas» y es un libro que me está fascinando. San Ignacio de Loyola fundó una institución que ya dura 500 años en el que la primera regla era el conocimiento de sí mismo (me ha impactado que yo había llegado a esa misma conclusión por mi cuenta). Claro, porque conocerme es el primer paso para proyectarme hacia los demás con virtud, con generosidad. El autoconocimiento de fortalezas y defectos es la preparación personal de este partido que jugamos a la contra.

Como me conozco bien, trato de potenciar mis virtudes y limar mis defectos, sobre todo los que más irritan a los miembros de mi equipo. Vamos a la contra porque muchos jefes asumen que sus subordinados tienen el deber de aguantarles todos sus fallos. Nosotros como líderes, trataremos de que nuestra personalidad sea lo más atractiva posible para todos. Y eso hará que nos tomen más afecto y que se sientan más motivados. Nada hay más desmotivador que tener un jefe al que no podemos soportar. Que nuestra forma de ser atraiga. Este es quizá el trabajo más duro del que quiere llegar a ser un líder, el conocimiento y dominio de uno mismo, que el autor Daniel Goleman denomina inteligencia emocional.

Evita egoísmo y egocentrismo
Otro ataque a la contra debe ser vencer nuestro propio egoísmo. Muchas veces por comodidad, por afán de lucimiento o por codicia, pensamos en clave «yo». A algunas personas esto les parece de lo más natural, pero el egocentrismo es dañino para el liderazgo y peor aún resulta el egoísmo. Son conceptos diferentes pero ambos perjudiciales: ser egocéntrico es sentirse y actuar como centro del universo. El egoísmo es la ausencia de amor en los actos que realizamos, buscando sólo el provecho propio. La antítesis del amor no es el odio, es el egoísmo. No se pretende amar a un compañero de trabajo con la intensidad con la que se quiere a un hijo, pero el afecto hay que procurarlo y cultivarlo. La generosidad, hija primogénita del amor, es lo que nos convierte en buena gente.

También salimos a la contra cuando le decimos la verdad a nuestro equipo. A veces no será apropiado que conozcan toda la verdad, en tal caso nos callaremos antes que mentir. La mentira corrompe la virtud, nos hace menos íntegros y por lo tanto menos fiable. El embustero es alguien en quien no se puede confiar, un anti-líder. Tener la confianza del equipo es condición previa para lograr la conexión emocional que nos convierte en líderes. Ojo, la condición de líder la otorga el equipo, nunca uno mismo, como tampoco un cargo. Se podrá ser jefe, pero el líder se crea porque así lo consideran sus seguidores.

El que le guste el fútbol sabe que las buenas contras combinan técnica, rapidez y combinación en el pase de balón entre los miembros del equipo. En el liderazgo es exactamente igual. Se sale a la contra porque se quiere ganar y en la sociedad actual se precisa ser competitivos. El afán de victoria es siempre imprescindible y de ello hablaremos en otro momento.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

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Una carrera en gestión se forja con triunfos y fracasos. Vivimos hoy tiempos difíciles en los que personas y organizaciones luchan por sobrevivir. Como una familia en apuros elimina los gastos no esenciales, una empresa que haga lo propio tendrá que prescindir gastos varios y, ¡ay!, también de personal. Tienes que decir adiós a miembros de tu equipo con los que un día antes has luchado, has reído y has llorado. A algunos los consideras tus amigos. Terrible.

Crecer y contratar es excitante: un nuevo proyecto, una nueva sede, gente ilusionada que empieza. Mentalmente estamos preparados para ello; pero cuando el acordeón tiene que desinflarse y hacerse más pequeño se siente tristeza. La lógica es sencilla, menos gastos equivale a mejorar salud financiera de la entidad, pero sus consecuencias equivalen a tomar decisiones que empeoran las vidas de los que salen. De repente se verán truncadas sus vidas y todas las técnicas de ese liderazgo ganador que nos gusta enseñar quedan a la intemperie. El problema del desempleo es endémico en España y en tiempos de crisis empeora. Cuando se reduce plantilla sabes que la recolocación no será fácil, que habrá una familia sufriendo. No sé si otros jefes toman decisiones sin despeinarse porque a mí me afecta mucho. Mi consuelo único es la íntima convicción de estar haciendo lo correcto, pienso que si no se despide a estos compañeros a lo peor nos tendríamos que ir todos a casa.

Organizaciones en las crisis
Con las crisis no se juega. Cualquier organización, ¡incluso gobiernos! pueden sucumbir a ella, por eso se requiere llevar la iniciativa para evitar que los acontecimientos nos arrollen. Lo que ocurre es cada uno contempla su existencia desde un prisma individual y, claro, el afectado no lo entiende: «¿por qué yo y no el ése?». Sin embargo, los criterios deben ser objetivos. En mi caso, el principal criterio de actuación suele ser la antigüedad. Los últimos que entraron son los primeros en salir, aunque a veces se debe combinar con otros criterios como la redundancia (disponer de alguien más para ese puesto) o la idoneidad.

Tampoco resulta sencillo comunicar la decisión. No hay una manera dulce de decir adiós a un compañero que puede que no lo entienda. En ocasiones hay que cerrar un centro entero, por la finalización de un contrato, pero en otras hay que tocar la estructura y ahí las opiniones son más encontradas. Siempre me pongo a disposición de los afectados, aunque no sea yo quien les comunique la decisión. Al final, alguien tiene que tomar la decisión y hacerse responsable por ella, aunque no sea infalible.

Personalmente, rezo para que mis decisiones sean iluminadas, aunque duelan.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

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¿Nos hemos levantado con espíritu científico? Hagamos un experimento de observación para conocer mejor nuestra realidad. Os pido, queridos pupilos, que compréis todos una bata blanca y una urna en la que vamos a recrear un ecosistema político en miniatura y para ello introduciremos mini-políticos que nos permitirán observar su comportamiento sin que nadie nos moleste. La hipótesis que defenderemos es que esos politiquitos harán siempre lo opuesto de lo que aquí enseñamos. Harán anti-liderazgo, ya veréis.

Veamos: si nos detenemos a ver a los mini-políticos de nuestra urna, descubrimos que todos se agrupan en torno a un «líder» de su respectivas tribus, cuidado, no os confundáis porque aunque lo llaman así, no es el líder al que nosotros aspiramos a convertirnos. Lo primero que descubrimos en nuestros experimento es que en el ecosistema político lo más importante es que todas las acciones de ese supuesto líder consisten en subir yo, llegar yo a lo más alto. Como la gestión es un proceso que cuesta aprender, entre los especímenes de subir yo abundan los que no saben gestionar ni un café con leche (no digamos un equipo). Anotemos en el cuaderno que para subir yo, se considera imprescindible que no subas tú. Acercamos una lupa y seguimos los movimientos de los pululantes más gordos y, efectivamente, ante cualquier problema la culpa siempre la tiene un  no subas tú. Hace poco le oí a un veterano ex-político el modo en el que se hace la defensa del anti-líder: «Hay que meterle gente y más gente por medio para que la culpa no llegue nunca al de arriba». Descubrimos pues, queridos pupilos, que la deslealtad con tu equipo forma parte de la estructura misma de la política. Los ejércitos de no subas tú, sólo sirven para encastillar a los subir yo y en esta guerra del egoísmo, morirán tantos soldados como requiera la seguridad del generalote. Fascinante.

Como estamos cansados, vamos a por un vaso de agua y mientras abrimos el grifo caemos en la cuenta de que no habíamos reparado en otro rasgo que ahora sí nos llaman la atención. Los subir yo están siempre obsesionados por atribuirse todos los méritos. Ser siempre responsable de todo lo bueno y no ser nunca culpable de nada malo les hace creer infalibles. Realmente, como muchos subir yo no saben coordinar ni una taza de café, son sus ejércitos de no subas tú los que tienen las ideas y las ejecutan por el bien común, pero a ellos no les llegará reconocimiento por la succión sin complejos del subir yo de turno. La succión del éxito, combinada con la ausencia de toda mácula, les hace ufanarse de la admiración de la que son acreedores. Aún así no las tienen todas consigo porque en la esquina de la urna preguntar suelen a sus asesores: «¿Qué tal he estado?». Son narcisos que, al no gestionar ni tienen buenas ideas, están todo el rato pensando en su imagen y en su proyección personal. Su profesión es aparentar virtud por lo que su mundo consiste en decir, más que en hacer. Y dirán lo que sea menester para «subir yo».

Esto nos lleva al tercer gran rasgo visible en los politiquitos que merodean por nuestra urna: los subir yo son mentirosos. Como ni gestionan ni tienen buenas ideas, el primer embuste es que realmente son ellos los dignos de aclamación. Incluso cuando meten la pata solitos, le endosarán la culpa a uno de sus no subas tú, lo que además de ser una mentira cochina es de ser un cobarde y un desleal. La mentira es la primera forma de corrupción humana pero no les importa, no se han parado a pensar tanto. La mentira es la primogénita del egoísmo y consiste en crear una verdad ficticia en beneficio propio y detrimento del prójimo. También son hábiles fabricando patrañas que provocan que todos los españoles estemos siempre peleados. Porque aunque los veamos en una urna, en plena naturaleza hay más de 100.000 políticos, el 0,25% de la población, muchos de los cuales se dedica a enfrentar y a dividir al otro 99,75% de personas normales. Algunos dicen que la cifra es medio millón. Casi todos los males del mundo provienen del egoísmo y comprobamos como impera en nuestra urna: nuestros politiquillos de laboratorio forman un ecosistema de egoísmo organizado, un sistema inteligente de egoísmo. Egoísmo, mentira, cizaña, cobardía, deslealtad, narcisismo, jolines con el ecosistema de nuestra urna. ¿Qué tipo de bicharraco hay que ser para triunfar en este ecosistema? Me respondió indirectamente un cargo intermedio hace algún tiempo: «Más vale que te llamen hijoputa a que te digan que eres buena gente». No podemos generalizar, sería injusto porque hay muchos dirigentes de bien, pero mi argumento es que aunque las personas sean buenas y comprometidas el ecosistema político hiede.

Pero ay, queridos. Si pensamos que la urna es una metáfora de nuestros televisores, entonces descubrimos con horror que este tipo de seres humanos no sólo abunda sino que prolifera. ¡Son reales! Los subir yo y los no subas tú andan siempre a la gresca, tratando de despedazarse y al contrario que en un experimento es imposible contenerlos en un laboratorio. Nos vemos indefensos ante tanto déspota creído que se cree por encima de todos nosotros. El único consuelo es que se creen su propia propaganda pero en realidad es evidente cómo son. No engañan a nadie.

Reyes desnudos
Cuando veo en plena actuación a uno de estos políticos profesionales, que no la han doblado en su vida, sea del partido que sea, siempre me viene a la cabeza el Cuento del rey desnudo, ese bobo al que convencieron de que sólo los más excelsos podían ver una tela exquisita y los bordados imaginarios que le vendió un sastre oportunista. En el cuento todos los súbditos fingían admirar el traje del rey y sólo un niño se atrevió a gritar con inocencia: «¡Va desnudo!». Hoy no habría niños suficientes para gritarles a todos los reyes desnudos del siglo XXI que se pavonean por nuestras teles.

Pues bien señores, nosotros todo lo contrario. Donde reine el egoísmo, la mentira, la cizaña, la cobardía, la deslealtad y el narcisismo, pongamos nosotros generosidad, verdad, concordia, lealtad y humildad. Donde ellos estén obsesionados por la imagen, nosotros nos obsesionamos por el resultado y por el bien común. Para un líder su equipo es lo primero y por eso no está instalado en subir yo, sino subimos todos, porque el bien de todos es el bien de la organización y de la sociedad a la que sirve. Realmente un líder asume los errores de su equipo y les transfiere el mérito por cada logro, justo al contrario de los mini-políticos que siguen pululando por nuestra urna. El líder es virtuoso: dice la verdad, es humilde y es generoso. Sabe que en un entorno de confraternidad y amabilidad todo el mundo es más feliz (realmente se llama amor). Ante los anti-líderes, reivindico a los líderes. Ante la mentira, digamos la verdad. Ante el narcisismo, la humildad. Ante el decir, concentrémonos en el hacer.

Vamos, líderes, la sociedad os necesita.

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

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El diccionario de la Real Academia Española define dignidad como «Excelencia, realce. Gravedad y decoro en la manera de comportarse». Proviene del latín «dignitas» que se traduce como «valor personal», derivada a su vez de «dignus«, «merecedor». Me gusta más la definición latina: es digno el  que por su valor personal merece respeto y realce. En realidad, todos somos merecedores de ella. Durante la crisis del coronavirus, en marzo de 2020, Samu abrió un centro de emergencias para personas sin hogar. Mi petición al equipo fue que se tratara a todos con el máximo cariño y dignidad. Trataríamos a la gente que vive en la calle con el mayor respeto, sin condescendencia. Trabajar para que ellos tuvieran su casa sería nuestro honor, sin juzgarles. Desde el principio les emocionó nuestra actitud y lo demostraron involucrándose en las tareas cotidianas, sintiendo el proyecto como algo propio. Eran, quizá por primera vez en mucho tiempo, parte de una familia.

Si creemos que todo ser humano es acreedor de dignidad, nuestro liderazgo tendrá cimientos. Si lo aplicamos, nuestro liderazgo volará. En mis visitas a centros de trabajo, me gusta reconocer el trabajo de los equipos, alabando también la labor de las categorías teóricamente inferiores: limpieza, mantenimiento, cocina, lavandería, auxiliares, son los que consiguen que todo resplandezca para que nuestra casa sea acogedora. Compruebo que mis palabras les producen orgullo porque en un equipo toda tarea importa, contribuye a lograr los objetivos, sea atornillando, fregando o redactando un informe. Desde el comienzo de mi carrera directiva, mis reuniones de equipo han sido con todo el equipo. Todos saben lo que funciona mejor y peor, pero la mayoría callará ante los fallos, por lo que hay que educarlos en la valentía de reconocer lo que no va. No pasa nada, para mejorar hay que reconocer lo mejorable. Como un líder no confunde error con fracaso, un compañero al que antes hemos dignificado sentirá que su opinión tiene valor para el bien colectivo. Los menos tímidos hablarán. Hay personas más humorísticas que otras, pero desaconsejo hacer bromas que puedan arañar el prestigio de nadie. Si uno va a hacer chistes sobre defectos, mejor sobre los de uno mismo.

La dignidad perdida
En ocasiones, tengo el privilegio de contratar a profesionales que han brillado en un trabajo anterior. Me sorprende la frecuencia con la que algunos de ellos fueron ignorados o despojados de sus méritos por antiguos jefes. No me supone ningún esfuerzo encontrar sus fortalezas y encauzarlas hacia nuestro proyecto, que en el fondo es hacer un mundo mejor. ¿Quién no valora que se le reconozcan logros anteriores? Nadie pierde nunca su dignidad, pero hay que ensalzarla como el patrimonio que es. Con pequeños gestos la lustramos: interesándonos por que el incorporado tenga sus tarjetas, su ordenador o un lugar adecuado donde desarrollar su trabajo. Las organizaciones buenas le darán una guía de bienvenida y nombrarán a alguien de apoyo. Los líderes dirán que su puerta está siempre abierta para alguien valioso. El nuevo encontrará un ambiente siempre dispuesto a ayudarle, nunca le ignorarán, hará piña con el equipo desde el primer momento. Procuremos no confundir dignidad con altanería o prepotencia, la dignidad es decoro pero también llaneza. No es lo mismo ser digno que ponerse digno. Primad la dignidad de los miembros de vuestros equipos y se sentirán fuertes. Animaos a utilizar esta técnica; revolucionad los manuales de gestión propugnando respeto y amistad, romped las estadísticas de las escuelas de negocios con un nuevo paradigma. Los mejores platos requieren pocos ingredientes pero de muy buena calidad. Con dignidad, amistad y llaneza vuestras recetas os saldrán de rechupete.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

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