La amabilidad es una ventaja competitiva
En todos los cursos de primaria debería existir una asignatura de amabilidad. Así, al aprobarla nos estaríamos acercando mucho más a ser personas educadas alejadas de arrebatos instintivos. Un mundo más amable es un mundo mucho mejor. Salvo en la defensa ante un atraco a mano armada, me cuesta pensar en ninguna otra situación en la que ser amable no suponga una ventaja. Muchas de las personas con mayor éxito que he conocido son personas encantadoras, que inmediatamente te hacen sentir bien. Esa consideración, ese toque desenfadado, ese quitarse importancia, esa educación, ese saber estar, esa inclinación por ayudar. Es lo que nuestros padres y abuelos llamaban urbanidad, literalmente los modos más refinados de la ciudad y que ahora paradójicamente se reduce a los pueblos.
Como líderes, que debemos siempre mandar motivando y dirigir convenciendo, la amabilidad es un instrumento imprescindible. La amabilidad no está reñida ni con la claridad de ideas, ni con la ambición, ni con la firmeza. Al igual que el aceite baña las piezas de un motor revolucionado para evitar que la fricción lo sobrecaliente y destruya, la amabilidad es ese lubricante que hace que la convivencia sea mucho más llevadera. Permite la cohesión de equipos que harán muchos kilómetros juntos.
Aunque la amabilidad no se enseña en el colegio ni en la universidad, sí la enseñamos en nuestro portal de liderazgo, porque como dice mi amigo Fran Fernández: «la amabilidad es una ventaja competitiva». El amable compite mejor, gana más y tiene más éxito. La amabilidad no tiene nada que ver con el rugido que nos sale cuando estamos enfadados, es fruto de un ejercicio consciente de templanza y, como todas las virtudes, hay que ejercitarla.
Seamos encantadores
Si a todos nos caen bien las personas encantadoras, por qué no tratar nosotros de ser encantadores. Quizá porque hay que esforzarse en ser mejor persona: más templado, más generoso, más comprensivo. Los conductas más humanas y los hábitos más enriquecedores es lo que nos distingue del comportamiento animal, que es puramente instintivo. Lo humano se contrapone a lo animal (aunque ahora nos quieran hacer creer que un lémur tiene los mismos derechos y cualidades que una abuela de Vigo). El humano puede optar a una conducta refinada y ser una gran persona, aunque algunos sean todo lo contrario.
Un equipo de gente amable está más compenetrado y genera mejores resultados que un grupo de personas que todo lo resuelven gritando. Es imposible ganarse la lealtad del equipo sin esa confianza y buen trato. A nadie le gustan los jefes altivos, déspotas o mal hablados.
Ser amable no es ser blando, al contrario, es ser mucho más inteligente que la media para hacernos dignos del equipo que cumplirá nuestros objetivos. La amabilidad es un arma letal a disposición de todos los valientes que se decidan a usarla. Es completamente gratis.
Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales
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