Entradas

Lo hemos visto muchas veces en competiciones deportivas: el equipo favorito pierde ante un rival teóricamente más débil pero mucho más motivado, con más garra. La motivación, que los militares llaman moral, es el elemento invisible que actúa como una poción mágica sobre el rendimiento de la organización: no se ve, no se toca, pero se sienten sus efectos. Entre todos los elementos de la motivación, el más importante es sentirse valorado. Un líder debe demostrar aprecio por su equipo en su conjunto y por cada uno de sus miembros. Rara vez uno tiene el equipo que le gustaría tener, fichado desde cero. En la mayoría de los casos, los equipos son mixtos o heredados, conformados por personas variopintas, cada una con sus defectos y sus virtudes. Con este factor limitante el líder debe construir su equipo, empezando por llamarle así y hacerlo suyo. Es un grave error valorar sólo a los que me caen bien o a los que mejor trabajan. Por encima de cada individuo, un equipo es un todo, es la unidad mínima del liderazgo.

Lograr rendimiento de los subordinados con quien mejor me llevo mucho más sencillo que lograr un alto rendimiento general de todo mi equipo, lo meritorio es huir de mi camarilla de confianza y poner mi esfuerzo en el conjunto. Una técnica interesante es potenciar a cada individuo en las tareas que se le dan mejor, complementar los talentos individuales con misiones colaborantes que lo permitan. Por ejemplo, si tengo un miembro «muy bueno con los papeles» y otro «que le cuesta sentarse en el despacho», quizá la actividad permita que uno sea el puntal administrativo y el otro el puntal expedicionario. Así, cada uno hará lo que se le da mejor, tendrá más éxito y se lo podremos reconocer.

El líder debe valorar tanto los logros individuales como los del conjunto. Cuando se tiene éxito hay que decirlo y hay que alegrarse: «Celebrando tenemos que ser menos portugueses y más estadounidenses», les digo yo a los míos. También hay que identificar lo que ha salido mal cuando se yerra, porque un equipo con confianza en sí mismo estará más predispuestos a reconocer los fallos y tendrá más curiosidad por alcanzar la excelencia. El éxito -esa palabra que da repelús al mediocre- es la medida de un equipo eficaz. Alguien que se siente valorado, que tiene claro cómo cumplir la misión y que cuenta con las competencias y medios para ello, tiene una predisposición natural a trabajar con eficacia. Alguien que se siente ignorado, mostrará indiferencia por sus obligaciones y si además no tiene la cualificación para cumplir con eficacia, se sentirá frustrado. Por eso es tan importante la formación continuada.

En un ambiente profesional, cada miembro se siente valorado en relación con su impacto para la organización. Uno puede ser muy simpático o un excelente compañero de parranda, pero ser valioso en la empresa es saberse útil para lograr el fin que se persigue, para el avance de los fines la organización. Cada persona es única y cada persona suele destacar en alguna faceta de su trabajo. Salvo en procesos muy mecanizados, e incluso entonces, un líder tiene la potestad de generar parcelas de especialización que podrá asignar en función de las competencias de cada uno.

El milagro de la motivación
Valorarles en su justa medida no es estar en permanente fanfarria sobre lo buenos que somos, sino de hacerles saber como individuos y como colectivo que su contribución marca la diferencia. Otros elementos que motivan a un buen profesional son la claridad de objetivos, la eficacia de los procesos, el ejemplo, la coherencia del líder, una retribución justa, la equidad y la ausencia de favoritismo. También es crucial ofrecer formación adecuada tanto en competencias técnicas como en habilidades blandas (soft-skills). Con esos elementos experimentaremos el milagro de un equipo motivado, que tiene un rendimiento superior y sobre todos mayor abnegación y capacidad de sacrificio.

Un equipo de alto rendimiento se sabe mejor que la competencia porque obtiene resultados objetivamente superiores. Al equipo ganador hay que decirle que es el mejor, sin caer en el triunfalismo ni en la auto-propaganda. Hay que explicar qué es lo que nos hace mejores, pero sobre todo, qué nos hará mejorar. El líder sabe que cuando se alcanza un alto rendimiento es más fácil perder fuerza que ganarla. La motivación y la efectividad de los equipos varían cada día, no digamos ya a lo largo de los años -que se lo digan a los equipos de fútbol-. Por eso es tan importante que se apliquen mecanismos evaluación de resultados, de lecciones aprendidas y de mejora continua.

El principal objetivo de un líder es mejorar el rendimiento de su equipo y para ello, lo primero es mejorar su motivación.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

«Quiero ser un líder»: Si desea aprender técnicas específicas de liderazgo, adquiera ahora nuestro manual pulsando aquí.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

.

Suenan los últimos valses de 2020 y tenemos la tentación de gritar: “¡por favor, que acabe ya!”. Este año hemos sufrido y llorado; hemos estado más solos y aislados que nunca, para muchos ha sido la peor racha en décadas. También hemos penado por los 55.000 compatriotas fallecidos sin consuelo ni despedida; hemos pasado miedo por tantos que han perdido su sustento; hemos rezado por todos los enfermos que hoy están con nosotros de milagro; hemos redescubierto la importancia de que nuestros familiares y allegados estuvieran sanos. También hemos reído por el placer de recuperar lo cotidiano. Ha sido un año en el que nos ha tocado ser fuertes y resistir. Haciendo de la necesidad virtud, hemos tenido que trabajar en condiciones imposibles. Nadie ha ido a los despachos a quejarse porque íbamos todos a una. 

A pesar de las fatigas, también ha sido un año en el que nos hemos sorprendido a nosotros mismos “saliendo a la contra”. Con la sorpresa de la primera ola, nos vimos saliendo al balcón para aplaudir a los sanitarios. Nunca las aplicaciones de videoconferencia estuvieron más llenas de besos y abrazos virtuales, como dice el profesor Gay de Liébana. Hemos visto a voluntarios repartiendo comida y a restaurantes de carretera dejar desayunos gratis, preparados para los transportistas. Hemos comprobado como los profesionales esenciales han estado al pie del cañón en la primer ola, pero también en la segunda cuando todos estábamos más cansados. Nuestra sociedad ha dado una gran lección de calidad, mirando de soslayo a unos políticos infantiles, sólo obsesionados con su juguete.  

Para ninguno de nosotros ha sido fácil, pero a pesar del miedo nos hemos crecido y lo hemos dado todo por los demás. Hemos cuidado de nuestras familias y hemos cumplido con nuestras obligaciones de manera brillante. Tantos y tantos nos han dado ejemplo de entereza y de entrega, sin mirar el reloj, sin preguntar “¿cuándo se termina esto?”. Hemos pasado malos tiempos, claro, pero también hemos descubierto la abnegación, la generosidad, la canción “Resistiré”, ir a ver a los abuelos con mascarilla y las ventanas alegres y engalanadas. Sobre todo, éste ha sido el año en el que nos hemos unido, el de las mil historias bonitas, el de dar sin esperar recibir. Sin la pandemia, 2020 quizá habría sido un año más (¿alguien se acuerda de lo que hizo 2015?), sin embargo, a pesar de todo, 2020 fue el año en el que hicimos cosas extraordinarias, el año que no olvidaremos porque nos hemos querido como nunca.

Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

«Quiero ser un líder»: Si desea aprender técnicas específicas de liderazgo, adquiera ahora nuestro manual pulsando aquí.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

.

 

Están por todos sitios, son de todas las razas, nacionalidades y clases sociales. Votan a cualquier partido político y profesan cualquier religión, tienen más vidas que un gato. Imposible ir a ninguna ciudad, pueblo o aldea del mundo sin encontrar varios de ellos. Tienen una capacidad de adaptación abrumadora: al medio natural, al urbano, al metafísico, no se extinguirán nunca. Son los quejicas. A todos nos suena su canto: estamos atareados tratando de resolver un problema o afanándonos en terminar una tarea cuando aparece el quejica, que ya por hablarte no está trabajando y empieza con su letanía lastimera. Que si la pandemia, que si lo mal que va todo, que si el jefe; que si su marido; que si su mujer; que si los niños; que si no cobra lo suficiente; que si no se entiende con su madre; que si nadie lo valora; que si la vecina horrible; que si yo tenía que haber estudiado; que si mi hermano lo que me ha hecho; que si no llega a fin de mes… ¡trabaja ya, pesado!

Debemos reformular urgentemente la Fábula de la Cigarra y la Hormiga, que en el siglo XXI debería llamarse Fábula de la Hormiga y el Quejica. Mientras que millones de hormigas producen, laboriosas, otros tantos millones de quejicas están a su lado calentándoles la cabeza con todo lo que va mal. Eso sí, sin doblarla. El quejica es ése que está siempre en el bar y que, entre cerveza y cerveza, brama contra la injusticia del mundo en horario laboral, mientras la gente de su edad está currando. El quejica es ése de la empresa en apuros, que mientras los compañeros se esfuerzan por sacar trabajo adelante, está siempre relinchando sobre el convenio y los días de asuntos propios. El quejica es ese que no ha dado golpe en su vida y se pasa el día lamentando que su pensión no-contributiva que no le alcanza para vivir dignamente con lo caro que está todo. El quejica es ese político con buena paga que todo lo ve mal (pero que no ha gestionado nunca ni una mesa de mercadillo) y que pisa moqueta precisamente por estar siempre pidiendo.

El quejica es ése que cuando le permiten tele-trabajar pregunta que quién le va a pagar la wifi, que de todas formas ya tiene en casa. El quejica es ése que cuando estás manteniendo la distancia social del covid en un supermercado, acusa a la cajera de lentitud y de que todo está mal organizado. Es el vecino moroso que va a las juntas de comunidad y pregunta con toda la jeta que por qué no se le arregla el rellano de su escalera, que ya está bien, hombre.

La fuerza quejica es demoledora porque asume con naturalidad de que la sociedad le debe urgentemente soluciones. Sin embargo, el quejica está siempre descontento porque siempre merece más, con todo lo que vale. El quejica de empresa es desconfiado, si un jefe anuncia una bonificación, por lo bajini dirá a sus compañeros «cuánto no estarán ganando para que nos ofrezcan esta miseria». Existen nidos de quejicas profesionales, oportunistas que viven de ser quejicas, en empresas, partidos políticos, sindicatos, asociaciones y comunidades de vecinos. Siempre agraviados, siempre enfadados, sin dar golpe; los quejicas profesionales nos organizan la vida sin saber lo que es ir a una obra a las seis o qué es eso del bocata de las diez. El jefe suele tener identificados a los quejicas, muchos de ellos pelotilleros, que además cuando se les consulta se deshacen en zalamerías y argumentos razonables, pero que no se atreven a dar la cara por las supuestas injusticias.

Ante el quejica, liderazgo
La del quejica es una actitud egoísta ante la vida, mientras la del líder ha de ser generosa. El liderazgo consiste precisamente en que nadie es el centro del mundo, es un desempeño solidario de une equipo por lograr los objetivos de la organización. Nadie obliga a estar en una organización y menos estorbando, esto debe dejarse claro. Habrá muchos aspectos de una operación que sean ineficientes y defectuosas y el líder debe ser intolerante con su corrección, pero para la mayoría un trabajo no va a ser nunca equiparable a estar de vacaciones. Al quejica se le neutraliza con buena gestión y mejor liderazgo, porque entonces se sentirá aislado y sus compañeros de equipo le pondrán coto. Cuanto mejor funcione una empresa, menos campo de actuación tiene. Un líder inteligente, debe tratar a todos los miembros del equipo por igual y una técnica que funciona es dar responsabilidad al quejica y seguirle de cerca. La más de las veces el quejica es un ser acomplejado al que le encantará que el jefe le tenga en cuenta. El quejica es corregible y promocionable si se sabe trabajar su formación y adquisición de competencias, incluidas las sociales.

Convertir al quejica es un gran reto para el líder. Ánimo.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

«Quiero ser un líder»: Si desea aprender técnicas específicas de liderazgo, adquiera ahora nuestro manual pulsando aquí.

 

 

 

.

Qué maravilla esa gente joven que ya sabe todas las verdades fundamentales de la vida. Con veinticinco años no necesitan aprender más. Claro, están equivocados porque vivimos en una sociedad donde la competitividad es acerada y se requieren múltiples competencias que se adquieren con esfuerzo. Los que no se forman, no triunfan, por más que la propaganda les diga otra cosa. El gusto por aprender es una ventaja en nuestra carrera profesional porque la persona instruida ve mucho más allá que la inculta, «tiene más luces» y llega más lejos. Además, los sabios suelen ser más moderados y proclives a cuestionar los dogmas de la tribu.

Para el líder de una organización de éxito, la pereza o la suficiencia le invitarán a seguir su senda plácidamente sin mayores preocupaciones. Oímos hablar de la mejora continua en las organizaciones pero poco de la mejora continua de cada uno de nosotros, que somos quienes las formamos. En la vida adulta, la curiosidad por aprender se apaga porque requiere tiempo, ganas y humildad intelectual. Lo primero que hay que reconocerse es la carencia de competencias y si se llega a este punto, será necesario activar la energía necesaria para remediarla.

Quizá lo más difícil sea aprender a volver a aprender. Tengo la costumbre de sentarme con mis directivos una vez al año en una entrevista abierta para que me cuenten cómo ven su empresa, su relación con los demás y su trabajo. Al final del encuentro, que suele durar más de una hora, deslizo la pregunta: «¿sientes que te falta alguna competencia para mejorar en tu desempeño?». Casi todas las respuestas suelen ser «no» o, como en alguna ocasión me han respondido, me dicen: «me falta el inglés». Mi conclusión, tras decenas de estos encuentros, es que la mayoría de los buenos profesionales carecen del hábito de autoevaluación y menos aún de una metodología adecuada para identificar y remediar carencias competenciales.

Aprender en la vida adulta
¿Tan difícil es aprender en la vida adulta? Depende, pensemos que muchos de nosotros nos entregamos gozosos al estudio de materias relacionadas con nuestras aficiones o intereses. Nos cuesta más en el trabajo, quizá porque está relacionado con el negocio, porque nos aburre o porque creemos que reconocer carencias es mostrar debilidades, cuando lo que queremos es perfeccionarnos. Quién esto lea querrá mejorar como líder de su equipo, pero a su vez, su equipo tiene que seguir aprendiendo para ser más productivo.

El líder competitivo debe formarse y procurar formación a su equipo. La formación de adultos en organizaciones no consiste sólo en hacer cursos de dinámica de equipo o en ingresar en programas de escuelas de negocios; sino en incorporar competencias útiles que faciliten el desempeño de sus funciones profesionales. Desde el punto de vista organizativo, el espíritu es ser mejor para cumplir más fácilmente con la misión.

Tras nuestro auto-examen de capacidades tenemos muchas facilidades. Hoy el acceso gratuito a conocimientos útiles es muy sencillo a través de internet. Es facilísimo leer artículos, ver vídeos que inspiren, acceder a las experiencias de los demás o encontrar libros. Muchos profesionales disfrutan divulgando a través de la red y eso supone un beneficio para los que tengan la humildad de querer aprender. Aprovechémonos de ello.

Muchas de las competencias clave de un líder están relacionadas con el pulido de la propia personalidad, con mejorar las habilidades sociales y con una mayor efectividad directiva. La formación debe orientarse a aspectos tan poco académicos como la paciencia, la templanza, aprender a escuchar o a dominar los signos de lenguaje corporal. Es importante conocer qué hace que una reunión sea más productiva o cómo preparar un presupuesto, pero también relajar al equipo ante un reto crucial o cómo convencer a un cliente sin dar imagen de impaciencia. Esas habilidades blandas (soft-skills) son tanto más importantes como elevado sea el cargo del líder o la lideresa.

Si para ser líder el primer paso es «querer ser líder»; para mejorar, el primer paso es querer mejorar.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

«Quiero ser un líder»: Si desea aprender técnicas específicas de liderazgo, adquiera ahora nuestro manual pulsando aquí.

 

 

 

 

.

Una cebra atacada por una leona sufre una descarga súbita de adrenalina que la hace correr velozmente para zafarse y salvar su vida. Sin embargo, pasado el peligro ésta vuelve a pastar plácidamente como si nada hubiera pasado. A un episodio breve de agitación de riesgo máximo, le sucede la habitual placidez… en pocos minutos. El estrés tiene un origen biológico y en la naturaleza está asociado a la supervivencia. En el ámbito de la gestión, su control es una técnica difícil de dominar, que no obstante debe fijarse como objetivo de desarrollo personal y que se puede ejercitar. El estrés tiene efectos biológicos, psicológicos y psicosomáticos que influyen en el nosotros y en la calidad de nuestra gestión.

Algunos psicólogos explican que, al contrario que ocurre con los herbívoros, que tras un momento de estrés vuelven rápidamente a la calma, los humanos del siglo XXI soportamos una incidencia estrés de menor intensidad pero que se prolonga en el tiempo. Si no existen hábitos saludables de alivio, esta situación nos vuelve susceptibles e irascibles y en casos extremos nos lleva a sentirnos abotargados, insomnes e incluso nos provoca dolor de cabeza.

Existen dos tipos de estrés: «el bueno» y «el malo». El bueno es el derivado de una actividad plena y emocionante. Es más fácil de combatir porque viene acompañado de sensaciones positivas de logro personal y de adherencia a una causa importante. El malo, por el contrario, suele originarse por miedo y es dañino; su efecto es más peguntoso porque nace de situaciones que no podemos controlar: crisis económica, abusos del jefe, pérdida de empleo, desgracias sobrevenidas, o tantas otras.

Ignora lo que no puedes controlar
En su libro Siete hábitos de las personas altamente efectivas, Stephen Covey explica que las personas tenemos esferas de influencia de tamaño variable (no tienen la misma un presidente del Gobierno que su jardinero). Covey invita a despreocuparse por lo que uno, objetivamente, no puede controlar. Este bendito año 2020, nos ofrece una buena oportunidad de experimentación. Casi todos estamos asustados y preocupados tanto por el coronavirus como por su efecto devastador en la economía, pero la inmensa mayoría de nosotros carece de influencia en la gestión del país durante la pandemia o en la producción de las primeras vacunas efectivas. La crisis nos genera estrés, claro que sí, pero debemos aliviarlo pensando que no podemos arreglarlo sólo nosotros. Es inútil y perjudicial estar siempre nerviosos. Por el contrario, el científico que integra algunos de los equipos responsables de producir la vacuna anti-covid sí sentirá el estrés de trabajar más horas y con más inteligencia para sacar un producto que salvará cientos de miles de vidas. Pero incluso ante esta importantísima misión, el interesado debe saber desconectar.

El control del estrés es una competencia que yo pido con insistencia a mi equipo. El estrés compromete la capacidad para pensar con claridad, imprescindible para tomar decisiones atinadas. También daña las relaciones entre el líder y su equipo. A los miembros más trabajadores y comprometidos de mi organización les explico que para «trabajar a tope, hay que descansar a tope» y para descansar hay que desconectar, separarse de los problemas cotidianos, por acuciantes que sean. Esto es algo que suele ser tanto más arduo cuanto menos experiencia se tiene, pero hay que saber identificar cuándo tenemos un problema de desconexión y habituarse a realizar actividades agradables que nos hagan olvidarnos de nuestra rutina.

Tampoco debemos volcar sobre nuestra vida profesional los problemas de la vida personal, que son inevitables. El control de estrés que trabajamos profesionalmente también nos sirva para nuestra vida íntima. Con templanza y sentido común las vicisitudes se sobrellevan mejor. Hay que proponerse relativizar problemas y hacer de la desconexión un hábito saludable. Nos ayudará mucho.

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

«Quiero ser un líder»: Si desea aprender técnicas específicas de liderazgo, adquiera ahora nuestro manual pulsando aquí.

 

Para ser un líder no hace falta tener la personalidad de Cristiano Ronaldo ni mostrar una actitud arrolladora.  Muchas personas tímidas asumen que nunca serán líderes pero es un error, sin negar que hay atributos que ayudan, el liderazgo es un proceso que se aprende. Sólo se es líder si se cosecha la estima del equipo generando una conexión emocional positiva entre el líder, el grupo y la causa que se persigue. El liderazgo lo concede el equipo, nunca es auto-coronado. Uno puede decirse líder, presumir de líder, decir a los demás que es líder, pero sólo sus seguidores confieren dicha calidad. Un buen primer paso es ganarse el respeto del equipo y qué mejor manera para empezar que escuchando con humildad.

En el día a día de cualquier organización, surgen problemas, deficiencias y sobresaltos que soportan las personas que están en primera línea.  La información que recibe el jefe que está en un despacho es por terceros, lo que ya genera un sesgo. Salir del despacho y escuchar ya es beneficioso en sí. El que toma decisiones ha de hacerse una composición de lugar exacta para acertar y ésta surgirá de la información recabada, tamizada por la experiencia y la  intuición.

No todos tienen una solución clara pero exponerlos ya supone un bálsamo para el que los sufre. Un amigo policía me dijo una vez: «Si los jefes escucharan a su gente, se encontrarían con todas y cada una de las soluciones». En mi experiencia no es tan sencillo porque las vicisitudes de jefes y subordinados difieren. Sin embargo, ganarse el aprecio del equipo conlleva evitar la tentación de darlo todo por sabido y oír lo que los miembros del equipo tengan a bien decir.

Si lo haces con tu familia ¿no lo harás con tu equipo?
A la mayoría de nosotros nos resultaría inimaginable ignorar a nuestros hijos. Cuando son adolescentes, buscamos momentos de complicidad con ellos, tanto en grupo como individualmente. ¿Cuántas veces intuimos que alguno de nuestros hijos tiene un problema y se resiste a confesarlo? Estaríamos dichosos que nos confiaran sus cuitas, porque nos da el privilegio de poder aportar comprensión de padres. Análogamente, el líder debe tener sed de escuchar, que es una competencia que algunas personas necesitan adquirir, ya que no suele salirnos sola.

Hace años, contraté a  una directora nueva para una residencia que me pidió: «Si no te importa, antes de hacer ningún cambio, quiero sentarme con todos los miembros del equipo, uno por uno». Aquello supuso una lección magistral para mí. Ella ya tenía una bagaje de muchos años de experiencia en el mismo puesto y sin embargo, su primer paso iba a ser ¡escuchar! Era la manera imprescindible de hacerse un mapa de liderazgo y generar su propio juicio sobre el funcionamiento. A menudo, el que expresa un problema sabe de sobra que la solución es compleja y sin embargo contarlo le desahoga. Para ello es preciso no interrumpir ese flujo de palabras, que está aliviando la mente del que se sienta enfrente. En las reuniones, escuchar sin interrumpir es una forma de dignificar. Hay personas que se sienten ofendidas si se les interrumpe constantemente, incluso si su discurso tiene un (aparente) escaso interés, porque quién habla considera que sí lo tiene. Nuestro comportamiento está regido tanto por razonamientos como por emociones y debemos evitar gestionar únicamente con lógica. Cuidemos el bienestar emocional del equipo.

Tras la escucha, la diferencia con el jefe del montón y el líder es que este último aporta soluciones inmediatas, siempre dentro de lo que esté en su mano. Cuando no pueda resolver, al menos explicará cuáles son sus limitaciones. Un líder es un jefe que resuelve, que coordina, que media, que quiere que el comportamiento colectivo del equipo sea armónico y también eficaz. En otras ocasiones, es mejor hacer explicar que la mediación de un superior en un conflicto puede ser contraproducente. Ello invita a cada uno a tomar la iniciativa a la hora de resolver cuitas.

Las mejores reuniones de equipo que he tenido son aquellas en las que he aportado soluciones inmediatas a problemas tanto serios como menudos. Me gusta que en el orden del día intervengan los equipos para agrupar sus peticiones. Cuando algo está en mi mano, actúo sobre la marcha, cuando no, explico mis limitaciones. Y si en la siguiente reunión vuelve a salir el mismo problema de difícil solución, vuelvo a explicar la limitación de manera idéntica.

Recientemente se ha acuñado una técnica de motivación denominada escucha activa, hay incluso cursos y manuales para dominarla. Quizá no haga falta tanto, basta con sentarse con alguien pacientemente, escuchar y solucionar el problema si es posible.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

 

«Quiero ser un líder»: Si desea aprender técnicas específicas de liderazgo, adquiera ahora nuestro manual pulsando aquí.

 

 

 

 

 

 

 

 

.

 

 

Concordia es mi palabra favorita. Es una forma agradable de relacionarnos que implica respeto y amabilidad, amor a fin de cuentas. Nuestra sociedad no nos prepara demasiado bien para amar al diferente, tampoco nos educa en el bien sonreír, que es la forma más primaria de cortesía. Cuánta gente va por la calle enfurruñada, cuánto ensimismamiento de ojos mirando un móvil, cuántos importantes salen serios por la tele. Empecemos por nuestra sonrisa para cambiarle el color a nuestro mundo. Según un estudio de James Mac Hayman publicado en Researchgate, entre los 20 y los 60 años tenemos contacto diario con una media de 22 personas (yo creo que los latinos, todavía tenemos más). Imaginen que todos los españoles sonriéramos a todos los que nos encontramos: millones de caras amables harían la sociedad menos áspera, más vivible. Si además tuviéramos una frase cordial o pidiéramos las cosas por favor y diéramos las gracias… eso sería la revolución. Lo bueno es que nada ni nadie puede impedirlo. En un mundo lleno de prohibiciones, somos libres de querer a los demás con gestos y con obras.

La sonrisa y la amabilidad no convienen nada a los que viven de dividir y de enfadar. Detesto los que siempre cortan la sociedad en dos: derecha e izquierda, creyentes y ateos, ciencias y letras, hombres y mujeres, fascistas y comunistas, gitanos y payos, patronos y obreros, independentistas y constitucionalistas, católicos y musulmanes, monárquicos y republicanos, blancos y negros, omnívoros y veganos, Sevilla y Cádiz. ¿Por qué? ¿Acaso nosotros vamos a un restaurante con los amigos y nos sentamos sólo con los que son iguales que nosotros? La grandeza de las personas es su diversidad infinita. Pero hay personajes que viven de enfrentarnos para crear facciones de seguidores encrespados. Se inspiran en la evocación épica del combate, la patria, la resistencia, la lucha, las milicias o las guerrillas. Los conflictivos profesionales pueden ser de cualquier ideología o sentimiento. pero generan un liderazgo negativo basado en que su facción odie a los que están fuera de ella. Surgen tribus tan absurdas como los que defienden que la Tierra es plana; que el covid-19 no existe o eso de que hay que casarse con un mismo. Paradójicamente, la globalización no encumbra el humanismo, sino la tribalización, cuyo principal rasgo es la intolerancia contra los que no comparten la misma cosmovisión. El radical de la tribu de turno se exaspera si uno rechaza su verdad revelada. Muchos movimientos son religiones nuevas que sacralizan nuevos valores de obligado cumplimiento, como por otro lado viene ocurriendo a lo largo de la historia.

Los conflictivos profesionales a menudo viven de dividir, porque el enfrentamiento sectario les da prestigio en la tribu y a veces hasta ganan dinero. Hay tantas neo-religiones que están subvencionadas de forma suculenta, ¿verdad? Los nuevos chamanes de la tribu tienen que reunir a muchos individuos y convencerles de «su verdad» convirtiendo en antagonistas a quienes no la crean. Hay tres elementos que mueven adhesiones que son creaciones imaginarias: sacralización, tribu y enemigos. Las personas se radicalizan y se convierten en fanáticos de una causa que puede ser loable pero repelente defendida con extremismo. Si un chamán detecta tibieza ante la causa sagrada de la tribu, señalará al enemigo como infiel. Nihil novum sub sole. La libertad de crear tribus, cuando éstas se radicalizan, amenazan el pensamiento libre de todos los demás.

Stop radicalismo
La concordia no conviene a los agitadores, ni a los piquetes, ni a los violentos, ni a los radicales y mucho menos a los fanáticos. Llevarnos todos bien les resta ese ascendente pernicioso sobre la tribu, que tiene que estar permanentemente enfadada porque su legitimidad radica en la animadversión o el odio al diferente. También proliferan los acosadores profesionales que cargan contra costumbre arraigadas que, aún siendo legales, quieren ser abolidas mediante coacciones. Sin olvidar los eternos agraviados que se sienten oprimidos y para los que toda tierra prometida es poca para saciar su sed de justicia. Hay que mantener en permanente ánimo de combate a la tribu pero reclaman respeto obligatorio a su minoría, que tantas veces obvian ellos con la mayoría. Los demócratas tenemos la obligación de desenmascarar a los que asumen que su sacrosanta ideología está por encima del respeto debido a todo ciudadano. Los intolerantes, suelen ser menos y recurren a la presión radical o a la intimidación para imponer sus creencias.

Si prescindimos de los exaltados, descubrimos a una sociedad madura que sabe convivir perfectamente. Los españoles somos un pueblo abierto, antiguo y sabio, a pesar de sus dirigentes. Los que estamos por la concordia y por la convivencia armónica respetamos democráticamente a los que no piensan como nosotros, aunque esa moderación sea tomada como debilidad o bisoñez por los agitadores. Con la misma firmeza que ellos se radicalizan, nosotros defenderemos nuestro temple y nuestro derecho a convivir con elegancia. Seamos sólidos defensores del justo medio, paladines de la concordia y constructores de la convivencia en armonía para tener una democracia mejor. Si tenemos que ser fanáticos seámoslo de amar incondicionalmente a los demás.

Concordia, que no nos dividan.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

 

«Quiero ser un líder»: Si desea aprender técnicas específicas de liderazgo, adquiera ahora nuestro manual pulsando aquí.

 

 

 

 

 

 

 

.

 

Si liderar un equipo con eficacia fuera fácil, usted no perdería mucho tiempo aprendiendo. Hacerlo bien conlleva cumplir unos objetivos organizativos manteniendo alta la moral de la tropa. «Mandar motivando, dirigir convenciendo» es mi definición corta de liderazgo, un aforismo persuasivo que te dice qué es, pero no cómo conseguirlo. En el intento de dominar el arte del liderazgo y encontrar ese cómo mágico, se han volcado miles de autores. Haciendo mi tesis descubrí que se escriben más de 20.000 libros al año sobre la materia; existen infinidad de sitios de internet en los que encontrar consejos y centenares de centros docentes prestigiosos y especializados. Algunas consultoras cobran grandes dineros para empaquetar la abstracción que llamamos liderazgo. Puede parecer todo muy rebuscado y exigente, pero al final lo que uno quiere es que su equipo funcione. Aquí trataremos de simplificar.

El liderazgo es complejo porque las personas lo son. Liderar supone trabajar con individuos con diferentes visiones de la vida, por lo que el líder ha de homogeneizar lo diverso en pos de una causa común, la que sea. Aunque en mi libro (uno de los 20.000 de ese año) identifico veinte maneras de motivar, mi consejo a los que no os vais a gastar la pasta en él es que penséis cómo os gusta que os traten, para tratar así a los demás. ¿Prefieres que te regañen en público o que te reconvengan en privado? ¿Prefieres que tu jefe se atribuya el mérito tuyo o que ensalcen tu hecho meritorio? ¿Prefieres que te expliquen cómo hacer algo o que te desprecien cuando fallas? ¿Prefieres que te escuchen o que te interrumpan a cada frase? ¿Prefieres un jefe que mantenga la calma ante la crisis o uno que se ponga histérico? ¿Prefieres un jefe con humor o un sieso insoportable? ¿Prefieres que te peguen una paliza o que te regalen un millón de euros? Es bastante simple, todos reaccionamos mejor a impulsos positivos y éstos parten siempre de la generosidad. Estimulando sentimientos positivos simplificamos las dificultades de la personalidad. Bondad, consideración, reconocimiento, paciencia, amistad, rigor, seriedad son atributos potentes que no pasarán desaparcibidos a los miembros de tu equipo.

Para empezar con un equipo nuevo, mejor no dar nada por supuesto, ni bueno ni malo. El líder debe explicar el propósito del equipo y si no lo hay, formarlo. Sea un equipo de bandoleros o de bailarinas hay que creer en una meta final. Imposible que un equipo sepa qué se espera de él sin que se le explique con esa partitura que son los objetivos inteligentes. Un bebé no nace predestinado a ser un oficinista desmotivado, un mecánico quemado o un funcionario con el síndrome del «burnt-out». Al contrario, el bebé sonríe ante estímulos agradables y lo mismo nos ocurre a nosotros cuando estamos relajados.

A menudo digo a los míos que «yo sólo sé gestionar haciendo equipo». Es así como lo siento y lo practico porque uno, individualmente, vale bien poco sin buenos compañeros de viaje. Mucha gente habla de liderazgo y de equipos, pero no todos pasan la prueba del algodón. ¿Cómo saber si un líder ejerce realmente como tal? ¿Cómo motiva y dónde lo hace? Pues sentándose con su equipo, tanto colectiva como individualmente.

Siéntate con ellos
Al líder se le puede medir fácilmente por la calidad y cantidad de reuniones que tiene con su equipo. La reunión de equipo es una de las mejores herramientas para compartir un objetivo común, encuentros en los que con franqueza se aborden las cuestiones importantes. Para que sea una comunicación efectiva debe existir emisión y recepción de mensajes por las dos partes. Los discursos inspirados es algo que utilizan muchas autoridades pero que suelen resolver pocos problemas. La reunión es el punto de encuentro en el que los miembros del equipo se ven cara a cara y el reto es hacerlas muy productivas. Un jefe que apenas se sienta con sus subordinados, o que si acaso los llama individualmente de higos a brevas, se está perdiendo el jugo de crear un grupo motivado donde todos aportan su visión para lograr el propósito común. Cuando yo tengo una reunión de equipo en un centro, participan todos: desde la directora al técnico de mantenimiento. Nos sentamos en círculo con un orden del día potente y si son tímidos les pregunto para que opinen sobre el día a día. El criterio de cocinera contará más que el de la pedagoga en asuntos alimentarios porque trato a todos como autoridades competentes en su campo. Estos encuentros sirven para aclarar dudas y afrontar vicisitudes (que yo me llevo estudiadas). Eso sí, tomada una decisión, recuerdo a todos el deber de apoyarla. Abordamos y resolvemos dificultades sobre la marcha, con agilidad. Haciendo equipo, mejoramos nuestro modo de trabajo.

Todos sabemos que las reuniones pueden ser productivas, pasables o aburridas. Para que las nuestras sean de primera sugiero siempre que éstas sean oportunas, con un objetivo claro, que en ellas se comparte información relevante y que se tomen decisiones.  El orden del día es imprescindible y si en su elaboración participan los compañeros, todavía mejor pues se aborda lo que preocupa en la base. Por difíciles que sean las personas, siempre se puede hacer que la vida sea más sencilla tratando a todos con tacto, dignidad y consideración; siempre diciéndoles la verdad.

¿Otro consejo? Procura que la gente se sienta bien consigo misma.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

 

«Quiero ser un líder»: Si desea aprender técnicas específicas de liderazgo, adquiera ahora nuestro manual pulsando aquí.

 

 

 

 

.

 

Ganar, ser el mejor, superar a los demás, distinguirse, ser el primero, ser un ganador, vencer, destacar… son dichos que no están de moda. Vivimos en una sociedad confundida donde está feo brillar o hacer comparaciones entre los que sobresalen y los que no. Una sociedad que en el fondo es tan competitiva como la que más. Afortunadamente, gozamos de un clima de igualdad asumido por todos en el que sabemos que nadie debe estar por encima de nadie, ni sentirse superior ni tener más derechos. Pero ojo, no todo somos iguales en todo ya que en según qué ámbitos la excelencia y la mediocridad no tienen el mismo mérito. Un violinista virtuoso no tiene más valor que un indigente, pero en las artes musicales uno es un ganador y el otro no; uno es bueno y el otro malo; uno es mejor que el otro (en música). El violinista virtuoso eligió ser el mejor en lo suyo y lo consiguió. Su esfuerzo tuvo su recompensa y podrá disfrutar del fruto de su talento. Siempre digo que el primer paso para ser un líder es querer serlo, análogamente para triunfar en la vida hay que querer ser el mejor con mentalidad ganadora, con alegre afán de victoria. Claro que llegar arriba supone un esfuerzo cuádruple, pero sólo el trabajo bien hecho y constante nos acerca a nuestras metas. Imposible ser un ganador con inconstancia, dejadez o vagueza; imposible ser un emprendedor de éxito levantándose todos los días a las diez, salvo que el negocio sea de ocio nocturno.

El afán de victoria es algo valioso que convierte a las personas en especiales. En una ocasión, un señor me hizo reparar en la gran pureza de los atletas que se esfuerzan hasta la extenuación, día tras día, para ganar una competición cuya recompensa puede no ser proporcional al esfuerzo. En muchas ocasiones el resultado es una medalla, prestigio y grato recuerdo ¡eso, si gana! El atleta lo da todo por la satisfacción de ser el mejor o estar entre los mejores. Tenemos mucho que aprender de ellos.

Querer ser el mejor es una ventaja, algunos nacen con ella y tienen ese don, otros la cultivan acreciéndola con el tiempo. Yo cuando tenía diecisiete años no quería ganar nada ni ser líder de nada, yo sólo quería viajar. Hoy comprendo que mi competitividad es heredada de mis padres y también auto-inculcada, es decir, aprendida. Como parto de la base de que todo lo que yo haya comprendido de la vida puedo transmitirlo, escribo estos artículos. No digo que sea fácil, pero sí es apasionante.

Todos conocemos a personas de éxito. Propongo que las admiremos y  aprendamos de ellas, fijémonos en sus mejores hábitos para imitarlos. Admirar es una actitud mucho más sana y productiva que la crítica envidiosa, de la que no aprendemos nada. Llegar a la cima casi nunca es un camino de rosas. Ser bueno en lo tuyo es exigente, incluso agotador y por eso pone a prueba nuestra inteligencia y capacidad de resistencia. Yo a los triunfadores los divido en dos grupos: los que tienen un éxito sostenido y los que tienen éxito y lo malogran. Como decía el actor, Nick Nolte, lo duro no es alcanzar el éxito sino mantenerlo. En el grupo de los degradados, todos conocemos casos de concesionarios que dan un servicio óptimo y con el tiempo se colapsan; abogados que triunfan pero que con tanta demandan desatienden al cliente; bares excelentes que dejan de mimar la calidad de sus tapas. El aburrimiento tienen mucho que ver con los tres casos anteriores, la falta de organización, también.

Ser el mejor requiere una superior organización
Hace años, una compañera de trabajo empezó a hacer tartas con motivos artísticos y le empezó a ir muy bien. Tuvo éxito pero con el boca a boca los pedidos empezaron a acumularse y tuvo que trabajar en ellas cada vez más horas, además de mantener su trabajo como enfermera. Con el tiempo lo dejó porque satisfacer su demanda le habría requerido invertir en unos recursos que probablemente no le compensaran. En el ámbito de los negocios triunfar casi siempre conlleva crecer porque la demanda no atiende a limitaciones de capacidad. Toda organización puede absorber un aumento limitado de su carga de trabajo por encima del cual empieza a deteriorarse la calidad de su producto o servicio. El problema es que crecer requiere gastar y en eso he visto gente de éxito ser muy miedica y contentarse con la estructura existente. Tengo muchos amigos con negocios buenos en esa tesitura, no crecen más porque se sienten incómodos con el riesgo que supone contratar más gente o ampliar un local.

El afán de victoria confiere la valentía y confianza de que si un producto tiene éxito, una mejor organización hará que llegue a más personas que también lo podrá disfrutar. Por supuesto que aumentar la producción supone un riesgo, pero ya es más limitado porque el mercado ha validado la oferta. Yo tengo la suerte de dirigir una empresa que ha pasado de tener unos 200 empleados cuando asumí su dirección, a casi 2.000 hoy. Claro que es muy complejo, claro que se pasa miedo, claro que el mercado te puede castigar, pero siempre he estado convencido de que mi servicio es de gran calidad y mejor que la competencia. Respondo por mi equipo con fe ciega porque sé que se desenvolverá con maestría en todo aquello que emprendamos. Hemos pasado de un cuerpo directivo de seis a casi setenta compañeros y hemos multiplicado por diez la nómina. Nuestra organización se ha ido haciendo más diversa, compleja y por supuesto mucho más costosa pero el mayor número de clientes que confían en nosotros ha compensado con creces nuestra inversión. Organizarse bien no es garantía absoluta de nada, el mercado o los errores nos pueden dejar en la cuneta (emprender es un deporte de alto riesgo) pero si perdemos negocio difícilmente será por dar un servicio degradado. Todos erramos a menudo, pero en nuestro caso cada fallo es fuente de aprendizaje y cada éxito está sujeto a explotación.

A la sociedad en que vivimos le faltan emprendedores jóvenes con todo que ganar y nada que perder. Que los egresados ambiciosos se planteen un horizonte más allá de unas oposiciones. Por eso quiero inculcar el amor por la victoria, el afán de superación y la capacidad de sacrificio para ser un empresario de éxito. Quiero líderes que tomen en sus manos la responsabilidad de crear empleo porque tienen un producto ganador. Líderes que hagan de sus equipos entornos de felicidad y cariño que se transmitan al cliente en forma de productos de buena calidad.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

 

«Quiero ser un líder»: Si desea aprender técnicas específicas de liderazgo, adquiera ahora nuestro manual pulsando aquí.

 

 

 

 

 

 

 

 

.

 

 

A ti, magistrado de la verdad. A ti, orfebre del titular. A ti, ingeniero rebelde de entre líneas. A ti, que enamorada tomaste nuestra lengua como azada. A ti, que cruzaste el umbral de la facultad con ilusión de explorador. A ti, que viviste las risas, las carpetas y los cafés. A ti, que recuerdas a los profesores decir «las opiniones son libres, los hechos sagrados». A ti, que tanto te costó encontrar tu primer trabajo. A ti, que descubriste que la redacción no venía en los apuntes. A ti, que como becaria te pusiste a competir con ellos. A ti, que como mujer superaste a tantos hombres. A ti, que acaricias con nostalgia aquellos días. A ti, que investigas con oficio el «qué pasó». A ti, que nunca hiciste corta-pega. A ti, que vives la noticia pinchándote en la carne. A ti, que siempre contrastas. A ti, que ves asustado al jefe porque os cierran. A ti, que te sacudes el aburrimiento porque odias lo ramplón. A ti, que vas perfecta a las entrevistas porque eres una grande y qué se habrán creído. A ti también, que vas en vaqueros y deportivas porque tú lo vales y qué se habrá creído esa gente. A ti, que peinas canas y te aburren los saraos. A ti, que has visto en las picas las cabezas de tantos brujos. A ti, que vives tu oficio como derecho, no como poder. A ti, que te ofrecieron regalías y las ignoraste. A ti, que acumulas tantas horas de espera porque es el pan de tus niños. A ti, que recuerdas el frío que pasaste haciendo aquella crónica. A ti, que añoras la genialidad golfa de periodistas ya jubilados. A ti, que entraste cuando los más veteranos no tenían ni carrera. A ti, que recuerdas el pavor del primer micrófono. A ti, que modulas tu voz como los ángeles. A ti, que en tu escribir eres propiedad y riqueza. A ti, que ayudas y aconsejas a los nuevos. A ti, que con hambre de elogios te sabes diamante. A ti, que te sobran los honores. A ti, que sigues encadenando las exclusivas que las alturas temen. A ti, que tantas llamadas recibiste para tapar las verdades del barquero. A ti, que a la vista de los ricos te preguntas si el camino que elegiste era el bueno. A ti, que desprecias el seguidismo de tantos colegas. A ti, que contemplas con ternura el activismo de las plumas jóvenes. A ti, que nunca pusiste apellidos a tu profesión. A ti, que sufres con la mentira oficial. A ti, que al posar tus ojos en la medianía lánguida te sublevas. A ti, que eres herencia de aquel gran redactor jefe que tuviste. A ti, que no eres pastelero sino farero. A ti que arreglarías el periodismo moderno en cinco minutos. A ti, que eres lobo viejo y lo has visto todo. A ti, que tienes escritas dos novelas queriendo dar el salto. A ti, que sales con la helada buscando una manta… de la que tirar. A ti, querida amiga, porque tu profesión me hace libre.

A ti, periodista, te dedico este artículo.

 

                                                                                                                                                                                                                    Por Carlos González de Escalada

 

 

 

 

 

 

.