Mientras estoy escribiendo este artículo, la Selección Española de Fútbol está en el trance de pasar o no a cuartos de final de la Eurocopa. Ha empatado en sus dos primeros partidos y existe una general desazón con su rendimiento. Pero ojo, el consuelo es que «depende de sí misma» porque si gana el tercero de los encuentros, «pasará» que es el objetivo deportivo. Más matemáticas que pasión; los cronistas incluso añaden que en una de las carambolas «les basta con el empate» para salvarse del oprobio de volver a casa con las manos vacías. Si en un juego de efusiones y alegrías como el balompié tenemos tanta tibieza y tanto alipori por nombrar la palabra «ganar», es imposible que en el ámbito del liderazgo queramos hablar de «ganar, ganar y ganar». Parece que nos tengamos que hacer perdonar ser buenos en lo nuestro… ¡con lo que cuesta! con el esfuerzo continuo que supone, con el mérito que tiene. Si yo fuera entrenador de fútbol, utilizaría a diario frases como «salir a ganar», «afán de victoria», «ser lo mejores», «disfrutar jugando», «ser los primeros», «ser los número uno», «ser campeones». Si a un jugador no le motiva el triunfo como objetivo supremo, el deporte no sirve para nada.

A estas alturas de mi carrera directiva compruebo que en muchos ámbitos de los negocios a veces se gana por simple incomparecencia de los adversarios. Noto un deterioro general de la calidad de servicios en muchos ámbitos, la gente se conforma con ir tirando, con dar un servicio malo (llamarle mediocre sería una alabanza). Sobrevivir como estilo de dirección es algo muy triste.

Se lidera para ganar, para ser el mejor y para marcar la diferencia. Lideramos a nuestro equipo para que consiga cumplir con su misión. No podemos llamar líder a quién se contenta con cubrir el expediente o a los que aplican la ley del mínimo esfuerzo. Lidera quién persigue metas extraordinarias y las alcanza sin desfallecer.

Magma de mediocridad
En el magma de la mediocridad, en el talibanismo de la medianía, confundimos el genuino deseo de superación con un afán de protagonismo indeseado o con separarnos de la tribu. Querer salir del rebaño está mal visto. En el ámbito de los negocios el enriquecimiento es una afrenta, sobre todo para los quejicas profesionales que no dan golpe. La inmensa mayoría de la gente ignora (porque ni lo intenta) el sacrificio y capacidad de combate que requiere un emprendedor en una sociedad tan intervenida como la nuestra. Y cuando ganas nadie te premia, nadie te lo reconoce, nadie te da una palmada por crear decenas o cientos de empleos. Con todo, el líder sabe que está ganando, que cada día es una victoria y que su equipo es más feliz y más potente gracias a él o a ella.

Damas y caballeros, se lidera para ganar.

 

 

 

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

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