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Concordia, que no nos dividan

Concordia es mi palabra favorita. Es una forma agradable de relacionarnos que implica respeto y amabilidad, amor a fin de cuentas. Nuestra sociedad no nos prepara demasiado bien para amar al diferente, tampoco nos educa en el bien sonreír, que es la forma más primaria de cortesía. Cuánta gente va por la calle enfurruñada, cuánto ensimismamiento de ojos mirando un móvil, cuántos importantes salen serios por la tele. Empecemos por nuestra sonrisa para cambiarle el color a nuestro mundo. Según un estudio de James Mac Hayman publicado en Researchgate, entre los 20 y los 60 años tenemos contacto diario con una media de 22 personas (yo creo que los latinos, todavía tenemos más). Imaginen que todos los españoles sonriéramos a todos los que nos encontramos: millones de caras amables harían la sociedad menos áspera, más vivible. Si además tuviéramos una frase cordial o pidiéramos las cosas por favor y diéramos las gracias… eso sería la revolución. Lo bueno es que nada ni nadie puede impedirlo. En un mundo lleno de prohibiciones, somos libres de querer a los demás con gestos y con obras.

La sonrisa y la amabilidad no convienen nada a los que viven de dividir y de enfadar. Detesto los que siempre cortan la sociedad en dos: derecha e izquierda, creyentes y ateos, ciencias y letras, hombres y mujeres, fascistas y comunistas, gitanos y payos, patronos y obreros, independentistas y constitucionalistas, católicos y musulmanes, monárquicos y republicanos, blancos y negros, omnívoros y veganos, Sevilla y Cádiz. ¿Por qué? ¿Acaso nosotros vamos a un restaurante con los amigos y nos sentamos sólo con los que son iguales que nosotros? La grandeza de las personas es su diversidad infinita. Pero hay personajes que viven de enfrentarnos para crear facciones de seguidores encrespados. Se inspiran en la evocación épica del combate, la patria, la resistencia, la lucha, las milicias o las guerrillas. Los conflictivos profesionales pueden ser de cualquier ideología o sentimiento. pero generan un liderazgo negativo basado en que su facción odie a los que están fuera de ella. Surgen tribus tan absurdas como los que defienden que la Tierra es plana; que el covid-19 no existe o eso de que hay que casarse con un mismo. Paradójicamente, la globalización no encumbra el humanismo, sino la tribalización, cuyo principal rasgo es la intolerancia contra los que no comparten la misma cosmovisión. El radical de la tribu de turno se exaspera si uno rechaza su verdad revelada. Muchos movimientos son religiones nuevas que sacralizan nuevos valores de obligado cumplimiento, como por otro lado viene ocurriendo a lo largo de la historia.

Los conflictivos profesionales a menudo viven de dividir, porque el enfrentamiento sectario les da prestigio en la tribu y a veces hasta ganan dinero. Hay tantas neo-religiones que están subvencionadas de forma suculenta, ¿verdad? Los nuevos chamanes de la tribu tienen que reunir a muchos individuos y convencerles de «su verdad» convirtiendo en antagonistas a quienes no la crean. Hay tres elementos que mueven adhesiones que son creaciones imaginarias: sacralización, tribu y enemigos. Las personas se radicalizan y se convierten en fanáticos de una causa que puede ser loable pero repelente defendida con extremismo. Si un chamán detecta tibieza ante la causa sagrada de la tribu, señalará al enemigo como infiel. Nihil novum sub sole. La libertad de crear tribus, cuando éstas se radicalizan, amenazan el pensamiento libre de todos los demás.

Stop radicalismo
La concordia no conviene a los agitadores, ni a los piquetes, ni a los violentos, ni a los radicales y mucho menos a los fanáticos. Llevarnos todos bien les resta ese ascendente pernicioso sobre la tribu, que tiene que estar permanentemente enfadada porque su legitimidad radica en la animadversión o el odio al diferente. También proliferan los acosadores profesionales que cargan contra costumbre arraigadas que, aún siendo legales, quieren ser abolidas mediante coacciones. Sin olvidar los eternos agraviados que se sienten oprimidos y para los que toda tierra prometida es poca para saciar su sed de justicia. Hay que mantener en permanente ánimo de combate a la tribu pero reclaman respeto obligatorio a su minoría, que tantas veces obvian ellos con la mayoría. Los demócratas tenemos la obligación de desenmascarar a los que asumen que su sacrosanta ideología está por encima del respeto debido a todo ciudadano. Los intolerantes, suelen ser menos y recurren a la presión radical o a la intimidación para imponer sus creencias.

Si prescindimos de los exaltados, descubrimos a una sociedad madura que sabe convivir perfectamente. Los españoles somos un pueblo abierto, antiguo y sabio, a pesar de sus dirigentes. Los que estamos por la concordia y por la convivencia armónica respetamos democráticamente a los que no piensan como nosotros, aunque esa moderación sea tomada como debilidad o bisoñez por los agitadores. Con la misma firmeza que ellos se radicalizan, nosotros defenderemos nuestro temple y nuestro derecho a convivir con elegancia. Seamos sólidos defensores del justo medio, paladines de la concordia y constructores de la convivencia en armonía para tener una democracia mejor. Si tenemos que ser fanáticos seámoslo de amar incondicionalmente a los demás.

Concordia, que no nos dividan.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

 

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