Yo hoy vengo a hablar de las empresas petardas y de sus jefes dejados.

En esta sociedad nuestra donde el talibanismo de la igualdad difumina las líneas entre buenos y malos, llamamos «mediocres» a los ineptos de toda la vida. Sin querer hemos borrado del habla toda palabra relacionada con el éxito, con ser el mejor, con ganar, con la chulería de ser el primero. Incluso en el fútbol, los entrenadores declaran con toda cautela «es un rival difícil», «será un partido complicado». Ni se les ocurre decir: «salimos a ganar por cinco a cero» y yo creo que eso predispone a sus jugadores negativamente. El deporte es una parte de nuestra sociedad y refleja sus miedos, que no es otro que el miedo a perder pero sin saber cómo ganar. Para ser el número uno, lo primero es quererlo con cada poro de la piel. Por el contrario, en el guiso de la mediocridad, burbujean las personas que no se complican y que apenas han hecho algo meritorio en toda su carrera. Son los dejados, la mala hierba de los jardines del éxito.

Los que tenemos ojo clínico para la organización percibes la dejadez al instante de entrar en una empresa: déficit de limpieza, de amabilidad y de eficacia. Puede ser un restaurante, una gran ferretería o la redacción de un periódico. Las empresas petardas se exponen como en un escaparate: desconchones de pintura; montoneras de papel en las mesas; negritud que circunda los botones del ascensor; baños percudidos y muchas caras largas. Como la actitud imperante en la empresa petarda es la dejadez producen indiferencia el oficio y la imagen. El dejado puede ser un triste o un parlanchín, pero ignora actitudes clave para el éxito como el compromiso, la responsabilidad, el crecimiento o la calidad, que son necesarios para competir en esa gran carrera que es el mercado. A menudo me pregunto si las hordas de dueños dejados se sorprenden cuando sus empresas se hunden. Si ya es difícil mantenerse en el mercado esmerándote, cómo no vas a estrellarte con esa dejadez tuya y de tu gente, vida mía.

Recuerdo que en una ocasión un empleado nos dejó para montar su propia empresa de pintura y reformas. En mi afán de ayudarle, quise hacerle un encargo de cierta cuantía, pero nunca conseguí que viniera a ver la faena y por consiguiente ni siquiera me presupuestó. «Sí hombre, -debió de pensar- me salgo para que no me manden y ahora que soy mi propio jefe vienen de nuevo a controlarme». Excuso decir que duró poco como empresario.

Como tengo un don para ver la dejadez en el ser humano, cuando voy a oficinas y despachos públicos me pongo las botas. Como en botica, en esas largas hileras de mesas ves a ocupados, regulines y también muchos dejados. Gente que pasa olímpicamente del trabajo, del administrado y de todas las mulas que les han dado. Dudo mucho de que este tipo de gente sea feliz porque no valoran lo que tienen y no saben servir como no saben hacer nada. Generalizar no es de doctores y no caeré en esa torpeza, estoy convencido de que un torpe lo es en la pública y en la privada, como un ganador lo es en cualquier ámbito laboral. Lo que ocurre es que en el sector público la dejadez pasa más desapercibida, en la privada el que no produce tiene que salir o la empresa se hunde.

El líder nunca es dejado
El dejado no puede ser nunca un líder porque para mandar motivando y dirigir convenciendo hay que complicarse la vida, meterse en charcos y salir airoso de ellos.

 

Carlos González de Escalada Álvarez
Doctor en Ciencias Sociales

 

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