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Evacuando el aeropuerto de Kabul: liderazgo en condiciones extremas

Este comienzo de año, como ya es habitual, la gente se propone sus metas para los 365 días que están por venir. Dejar de fumar, perder esos kilos que sobran, viajar más, o visitar a la familia, suelen ser “trending topic” entre las promesas de mejora. Pero, ¿y qué es de aquellos que buscan la excelencia en liderazgo? Los inquietos de mente y espíritu que buscan dejar huella en su entorno, como ejemplo de líder (dos palabras que me gusta mucho relacionar en este campo de estudio).

La siguiente pregunta que se me viene a la cabeza es: los estudiados como grandes líderes de la historia, ¿también se planteaban este tipo de cuestiones? ¿Reflexionaban sobre cómo mejorar su ejercicio del liderazgo, y evaluaban su forma de proceder hasta el momento?, o, por el contrario, era una cualidad innata sin necesidad de ser evaluada, ejercitada ni corregida. Quiero pensar que sí, debido a que muchos de ellos, pasaban sus ratos libres filosofando sobre las cualidades del líder y la ética y moral que van de la mano, dejando alguno de ellos incluso obras escritas de sus pareceres, como puede ser Marco Aurelio, por ejemplo.

En cualquier caso, yo personalmente, sí lo hago. Me pregunto qué me ha hecho mejor líder que el año anterior, y cuáles han sido las situaciones donde se han puesto mis cualidades como líder más a prueba, las cuales suelen ser, de hecho, donde uno más aprende sobre si mismo, y por extensión, de su “Yo líder”.

Misión en Afganistán
En mi caso, sin duda mi año ha estado marcado por un hito en lo personal y en lo profesional, que marcará para siempre un antes y un después en ambas dimensiones. Y ha sido la participación en la Operación de Evacuación de Afganistán, en el mes de agosto de 2021.

Sin entrar en aspectos específicos de la misión, quiero centrar mi relato más en la dimensión del liderazgo dentro de un equipo de personas. Un equipo de personas a las que se avisó con poco mas de 12 horas, que tenían que coger un avión hacia el conflicto.

En primer lugar, no hay que olvidar que el líder, a pesar de ser tal, es humano también. En mi caso, yo tuve que decir en casa que me iba en unas pocas horas a zona de conflicto. Y sabiendo de la dureza de esos momentos, todas y cada una de las historias de los miembros que me acompañaron, eran también, en parte mías. Una vez decidido que nos íbamos, tocaba avisar al equipo. Uno de los dos grandes momentos difíciles de toda la misión. El llamar a una persona y pedirle que te acompañe, a una zona complicada, sin fecha de regreso, sin saber dónde ni cómo se desenvolverán sus próximos días, es algo que aún anuda mi estomago al evocarlo. Y más aún al recordar lo fácil que lo pusieron todos. “No se preocupe, vamos con usted a donde haga falta”.

La verdad, es que, hablando en plata, aún se me ponen los “pelos de punta” al recordar tal lealtad. Disponibilidad. Pero, hay que tener una cosa clara: esa relación de confianza bidireccional, donde el líder escoge a quién se llevará a lo desconocido, sabiendo que esta persona le acompañará de manera incondicional, se gana en el día a día. Trabajando con la gente, con tu equipo, conociéndolos y, muy importante, dejando que te conozcan, siendo capaz de entrever la dimisión humana detrás de la persona de uniforme. Ojo, esto no quiere decir que tengamos que caer en el buenismo,  o que tengamos que hacernos amigos de todo el mundo. Es tan simple, y a la vez tan complejo, de entender que todos somos humanos, y el líder, en su posición de influencia sobre personas a su cargo, debe de tenerlo en cuenta.  Y si trabajo esto día a día, luego, se verá gratamente respaldado por aquellas personas que, de hecho, le seguirán al otro lado del mundo.

Siguiendo el relato de lo vivido, en el vuelo de ida (unas ocho horas, aproximadamente) y mientras dormitaba sumido en qué debíamos de hacer al llegar, no podía evitar ver, casi de manera literal, las preocupaciones y relaciones que mis compañeros dejaban atrás. El padre primerizo, el joven que acaba de empezar una relación; la que estaba de vacaciones en la playa con su pareja… y ahí estábamos todos. Y sin duda, una de las cargas más grandes es saber, que, de una manera más o menos directa, tus decisiones afectarán en la vida de esas personas y en su regreso a aquellas personas que han dejado atrás. A sus hogares. Y que ellas, todas y cada una, siendo de Jaén o Ponferrada, han acudido y confían, repito, confían, que tus decisiones, si no siempre agradables, serán las mejor tomadas en función de las circunstancias de cada momento. Y entienden a su vez lo complejo de tu posición.

Aterrizamos en zona de operaciones. Uno de mis mayores quebraderos de cabeza en los primeros días, era la falta de sueño a la que estábamos sometidos. Éramos pocos, la misión crítica, y mucho trabajo. Mala mezcla. Eso me dolía por ver a mi gente extenuada y me preocupaba por que pudiese derivar en un accidente por culpa del cansancio. Se lo dije a mi segundo de a bordo y me contestó: “Jefe, cómo espera que esta gente se vaya a dormir, si ven que usted no descansa. Así que ya sabe, si quiere que descansemos, usted entra en la rotación también”. Es decir, que, llegaba hasta tal punto la lealtad que, si yo no descansaba, ellos no querían descansar tampoco. Tuve que descansar y dicho sea de paso, me vino bien.

Para ir terminando -pretendía que este artículo fuese bastante más corto-, voy a acelerar hasta nuestro regreso a casa (del resto de misión y de lo vivido, se podría hacer prácticamente un libro). Cuando toma tierra el avión de regreso y una vez saludadas a las autoridades pertinentes, toca, para mí, el momento más gratificante: el reencuentro de tu gente con sus familias. Yo, como bicho raro que soy, prefiero que no me vengan a buscar: me permite fijarme en los detalles de dichos reencuentros. Los abrazos, los besos, las sonrisas, vistas desde cierta distancia, se ven tan a cámara lenta y de manera tan brillante, que hace que todos los momentos de tensión, de dudas, de dificultades… y demás adjetivos que definen al liderazgo, merezcan la pena. En muchas ocasiones se producirá un acercamiento de todas esas familias y tus compañeros. Esa gente que ha estado en el último país que colocarías en el mapa te introducen y dicen: “cariño, mira, este es el jefe”. Y es que, el adjetivo “jefe”, conlleva tanto cariño y a la vez tanta responsabilidad, que hace que merezca la pena el estoicismo mantenido hasta el final de toda la película. En mi caso, me quité esa etiqueta cuando llegué a casa y, aún con las botas, me bebí una cerveza.

Como conclusiones de lo expuesto, estos tres deben ser los propósitos de año nuevo de cualquiera que, como yo, quiera ejercitar su práctica como líder:

  • Centrarse en la parte humana de los compañeros del grupo. Conocerlos, conocer sus debilidades y sus miedos, sus fortalezas, sus admiraciones, aspiraciones y metas. Hacerte un líder humano, dejar que te conozcan, que te vean como una persona sólo que con algo más de responsabilidad que ellas. Eso, les hará empatizar contigo, con su “jefe”, aquel que, a pesar de ser puñetero a veces, lo es porque era lo mejor para todos.
  • Ser ejemplar hasta en el descanso. El líder esta siempre expuesto, hasta casi cuando duerme. Si consigues que tus compañeros se fijen en cuándo descansas y cuándo no y te lleven, casi hasta la cama, porque “no les puedes faltar”, habrás entrado en sintonía con tu equipo. Serás parte de ellos y te sentirás cuidado, dando un respiro a los muchos momentos de soledad como jefe.
  • Y por último: el estoicismo del líder debe de llegar hasta el final. No dejes que el cansancio o la sensación de haber finalizado te haga perderte los últimos compases de la sintonía que habéis estado componiendo como equipo durante tanto tiempo. Sólo cuando estés seguro que todo el mundo está con su familia, que todo el trabajo está cerrado y todos se han quitado sus uniformes, quítate el tuyo.

Cierro este artículo con una cita de Marco Aurelio en su libro Meditaciones:

“Cuando tú has actuado bien y los demás han salido beneficiados, ¿por qué buscas además de eso, como hacen los mentecatos, parecer que has actuado bien?

Que tu brújula moral, que ha sido la que te ha definido como persona -y tantas veces has cuestionado a lo largo de toda tu vida- sea tu mayor argumento a la hora de tomar tus decisiones, incluidas aquellas como líder.

Por Joaquín González Lázaro
Capitán del Ejército del Aire

 

 

 

 

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